Opinión

EPN y Korenfeld, la
señal que nunca llegó

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Kevin Spacey y  Enrique Peña Nieto (Tomada de Twitter)

Ahora que pasó la fiebre por la nueva temporada de House of Cards conviene insistir en que es mejor, en muchos sentidos, ese otro producto televisivo llamado Boss. Aunque el presidente Enrique Peña Nieto quiso conocer a Kevin Spacey, no sabemos si él o alguno de sus asesores vieron la serie televisiva de la que hablo, que gira en torno a un supuesto alcalde de Chicago, protagonizado por Kelsey Grammer.

En Boss hay un pasaje (no echaré a perder a nadie la esencia de las intrigas) en donde Ezra Stone, el asesor estrella del alcalde Tom Kane, recuerda a su jefe cómo deben ser aplicadas las sanciones.

“Usted no tiene más que una opción”, comienza por decirle ceremoniosamente Stone, al insistir en que es inevitable hacer que los subalternos paguen por sus errores. Enseguida agrega: “El castigo siempre debe ser de igual dimensión que el delito. Y debe ser visible. Porque un castigo no sólo es un acto de venganza, es también una señal. Tiene que ser visto y entendido por cualquier otra persona que pudiera coquetear con la idea de cometer la misma transgresión... Y ese castigo es una señal de que nadie está exento de las consecuencias de la traición”.

Al anunciar su renuncia, el señor David Korenfeld confirmó ayer que en el gobierno de Peña Nieto siguen en su racha de oportunidades perdidas. No parecen interesados en absoluto en intentar recuperar la confianza popular.

El hoy exdirector de Conagua no sólo no se mostró contrito al informar de su salida del gobierno. Para nada tuvo ni el semblante ni la actitud de alguien que ha fallado. Lejos de disculparse por haber cometido un delito, lejos de disculparse ante su jefe por haberle fallado, por haberle generado más problemas, por dejar inconclusa la misión, lejos de todo ello el defenestrado se puso a presumir, para empezar, su amistad con el mandatario. Qué extravío. Si uno le falla al líder lo menos que debe hacer es dar por sentado que eso, la relación que un día tuvo, sigue vigente.

A menos de que Korenfeld haya sido alentado, precisamente desde Los Pinos, a dar ese rollo tan poco humilde, tan poco empático, que soltó ayer desde el podio de la dependencia de la cual abusó. Este jueves el exdirector de la Conagua parecía más alguien en medio de una rabieta, alguien que cree que se va injustamente, y no un profesional que comprende que tuvo una falla inadmisible.

Su no aceptación del mal cometido fue evidente en su manera de frasear la razón de su salida: la renuncia se da, dijo, por “el desarrollo de los hechos” luego del “evento” en que se vio involucrado. Lo entrecomillado es su manera de no atreverse a llamar al delito y al abuso por su nombre.

Korenfeld o uno más que intenta un tono de regaño cuando lo que se requería es una explicación detallada sobre su indebido actuar, cuando lo que debió haber garantizado es que colaborará con la justicia a fin de intentar en algo borrar la mancha que provocó a la Conagua y al gobierno.

Korenfeld o el que de manera increíble dice que se va satisfecho, el que anuncia que su “trabajo se queda”, el que –humilde él– se incluye a la hora de hablar de hombres de Estado y “del legado” que se va construyendo.

Ahí queda el discurso de Korenfeld, constatación de que el presidente Peña Nieto y su equipo no quieren mandar una señal de que si uno de ellos falla será repudiado.

Twitter: @SalCamarena

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