Opinión

EPN debería aspirar
a hacerse multimillonario

Uno de los atributos que llevó a Enrique Peña Nieto a la silla presidencial es su lealtad. Es un hombre fiel tanto a sus mentores como a sus colaboradores. Eso me quedó transparentemente claro la única vez que tuve la oportunidad de hablar con él en privado, cuando era gobernador del Estado de México. En la situación actual, sin embargo, ese atributo puede volverse un escollo monumental que lleve a su presidencia a encallar. Ese atributo lo vuelve eficiente custodio de un status quo que se está pudriendo y que simultáneamente se manifiesta en Iguala, en Tlatlaya, e incluso en la crisis del Politécnico.

Las reformas estructurales que exitosamente ha impulsado esta administración serán absolutamente estériles si no se hace un esfuerzo determinante por construir un Estado de derecho; las instituciones mexicanas continuarán en un deterioro irreversible en el que el imperio de la ley será un remoto espejismo, mientras nuestra oligarquía se arraiga y nos volvemos una cleptocracia crecientemente disfuncional.
El problema de un escenario así es que si el esfuerzo estructural de este gobierno fracasa, se pondrá en duda el paradigma. En un país en el que nuestras universidades públicas son tan exitosas difundiendo dogmas de izquierda que uno pensaría han sido despedazados por la evidencia histórica, el caldo de cultivo para que llegue a marinarse un populista estaría en su punto. Para corroborarlo, basta con leer las sandeces que aparecen cualquier día en redes sociales.

En mi última columna hablé de la importancia de que los mexicanos recuperemos nuestro país y construyamos fortaleza institucional desde abajo. Sin embargo, hay mucho que EPN puede hacer desde arriba para mostrar que entiende por qué el progreso y la corrupción son incompatibles.

A pesar de sus lealtades, tiene que cortarle la cabeza a un par de políticos putrefactos –de preferencia poderosos y cercanos a él– que se refugian en la cómoda impunidad. De paso, debe desnudar a un par de empresarios prominentes con evidentes ligas con el narcotráfico; tiene de dónde escoger. Si además crucifica a algunos líderes sindicales multimillonarios, tendríamos una trifecta que le compraría el beneficio de la duda.

Como lo veo, Enrique Peña Nieto debería aspirar a ser un presidente multimillonario. Pero, haciéndolo en forma que sería quizá menos rentable pero más estable que la de otros políticos mexicanos. Lula cobra 300 mil dólares por cada conferencia que imparte, al igual que Bill Clinton, este último tiene un patrimonio de alrededor de 55 millones de dólares. Si no fuese por su obsesión filantrópica, sería mucho más rico. Su esposa Hillary recibió un anticipo de ocho millones de dólares para escribir sus memorias. Si EPN hiciera una revolución institucional en México, su contribución histórica haría que su reforma energética, que ciertamente transformó el potencial económico del país, se volvería una simple nota de pie de página comparada con la profunda trascendencia de lo otro. Pasaría a ser el estadista más respetado y buscado del mundo, particularmente porque el logro ocurriría cuando el reflector está puesto sobre México.

Enfrenta, sin embargo, una situación bipolar: o nadamos con brío o nos hundimos. No valen las soluciones a medias que tanto prefieren acoger sus colaboradores. Videgaray impulsó una reforma fiscal mediocre y superficial que lograba lo inmediato: recaudar más pero sin impulsar mayor formalidad en la economía, fomentar inversión o simplificar el engorroso trámite fiscal; tampoco dio ventaja alguna al esquema fiscal mexicano sobre los de otros países. Osorio Chong decidió darle al Sindicato Mexicano de Electricistas dos mil millones de pesos al año, a los que no tenían derecho alguno, para que levantaran un plantón el año pasado. Su solución fue pragmática, cortoplacista y suicida. Hoy paga su pírrico logro en la proliferación de plantones. A los manifestantes del IPN les dio todo a cambio de nada.

Decenas de miles de millones de dólares pasarán por las manos de esta administración -aeropuerto, trenes rápidos, infraestructura energética-. Los mexicanos esperan falta de transparencia en licitaciones, compadrazgos y una nueva generación de grotescas fortunas hechas con recursos públicos, que se volverán legítimas conforme las siguientes generaciones de esas familias se vuelvan “respetables empresarios”. EPN tiene la oportunidad para sorprendernos.

El escenario alternativo puede ser escalofriante. Su equipo se sigue convenciendo de sus épicos logros en un país donde, convenientemente, la corrupción es “cultural”; uno no podría culparlos por beneficiarse de haber salvado al país. Siguen parchando los grandes problemas políticos y económicos, y permanecen convencidos de que un Estado de derecho es una utópica etiqueta. Pero al final del sexenio surgen colosales escándalos de corrupción que los llevan a la ruina política. Si eso pasa, nos dejan en las manos de un populista que daría marcha atrás a todo.

Hemos visto antes esa película. No hagamos una secuela en el género de “terror”.

Twitter: @jorgesuarezv