Opinión

Entusiasmo y colapso

 
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AICM terminal 2. (Archivo/Cuartoscuro)

El viernes pasado en su columna en Milenio, Carlos Puig refiere el contraste entre la dinámica que percibe en la construcción, en los mercados y en las opiniones de los empresarios, con las terribles fallas en servicios públicos e infraestructura, y termina su texto con una frase lapidaria: “no hay entusiasmo privado que resista el colapso de lo público”. Es bonita frase, pero creo que tiene dos detalles. Uno, la comparación de dos categorías distintas: entusiasmo y colapso; dos, que no creo que sea aplicable a la situación actual.

Primero el asunto de las categorías. Al utilizar “entusiasmo” para describir al sector privado, se enfatiza el carácter voluntarista y esperanzador, por encima del comportamiento. Esto provoca que imaginemos que el sector privado tiene más una creencia que un comportamiento. Dicho de otra forma, el término hace pensar que se trata de puras intenciones y no de inversiones. En cambio, el término “colapso” transmite la sensación de un hecho, y no de algo potencial. No es que en lo público haya desgano, decepción o desesperanza, es un colapso, un hecho trágico, un derrumbe irreparable.

Insisto en que la frase es bonita, pero su implicación es que las intenciones no podrán con los hechos. No se comparan intenciones o hechos de ambos lados, y eso hace que la frase sea todavía más tajante: ni siquiera hay que pensar, porque jamás una intención superará un hecho. Estamos acabados, pues.

Pero, además, creo que la frase no refleja lo que hoy ocurre en México. Ni en el entusiasmo privado ni en el colapso público. Es decir, no veo ni lo uno ni lo otro. Del lado privado veo más hechos que intenciones, como lo confirma el dato de la confianza del productor que publica el Inegi.

Siguen diciendo que estamos mal y estaremos peor. Es decir, lo que hay en el sector privado no es entusiasmo, sino incredulidad: les está yendo bien, en contra de lo que esperaban y siguen esperando.

Del lado público tampoco veo el colapso. Es indudable que la Ciudad de México sufre un notorio deterioro, pero eso no ocurre en el resto del país. Los ejemplos que cita Puig son claros, pero no extensibles a toda la República: los abusos territoriales, la saturación vehicular, el vetusto aeropuerto. Otros aeropuertos están creciendo, y funcionan bien; otras ciudades están hoy mejor conectadas que antes, y eso ha implicado gran incremento en bienestar (Durango-Mazatlán, por ejemplo).

No quiero decir que el gobierno mexicano funcione bien. En todo el mundo los gobiernos tienen muchos problemas para cumplir sus compromisos en las nuevas circunstancias. Peor el nuestro, que no cumplía desde antes. Pero eso no es un colapso. De hecho, hemos tomado en México decisiones muy importantes para evitar ese colapso: reforma energética que está reduciendo el costo de la debacle petrolera; de telecomunicaciones que agiliza el tránsito a la nueva forma de producir; educativa, que paulatinamente dotará de más habilidades a los jóvenes. Todo eso pudo hacerse antes, y pudo hacerse mejor. Pero ya lo hicimos, que es más de lo que pueden decir las generaciones anteriores en México, y las actuales en buena parte de América Latina.

Coincido con la apreciación general de Puig: es necesario que el sector público haga mejor las cosas, pero no está colapsado. Es importante que estemos invirtiendo, pero no veo entusiasmo. Así que yo preferiría decir algo como lo siguiente: el rezago público no permite el entusiasmo privado.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno del Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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