Opinión

Entre votar, anular y no
votar… me abstengo

   
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[Cuartoscuro / Archivo]  El voto más caro, 442 pesos, en Quintana Roo; 70 pesos, el de Puebla. 

Los que comenzamos a votar en 1988 hemos transitado una interesante ruta de citas electorales.

De la ilusión de esos comicios, donde el sistema se cayó y se calló (Martha Anaya dixit), a la barredora salinista de 1991. Del triunfo del miedo en el trágico 1994, al quiebre del dominio priista en San Lázaro en 1997, incluido el intento manotazo autoritario de Zedillo-Chuayffet. Del adiós al PRI en el 2000 al pernicioso “haiga sido como haiga sido” de 2006. El voto nulo en 2009. Y, por supuesto, el retorno del tricolor en 2012. Este recuento, claro está, sólo registra las citas federales. La historia se vuelve más rica al sumarle los procesos locales, como (para los capitalinos) el que llevó al poder al ingeniero Cárdenas en el Distrito Federal en 1997.

En cada uno de esos procesos era posible distinguir las opciones partidistas, por su ideología o por sus hechos. Y ya fuera por las mejoras legales paulatinas o por los actores mismos, a priori cada cita lucía como un avance de nuestra historia electoral.

En 1988, por ejemplo, la candidatura de Cárdenas hizo pensar a muchos que el poderosísimo régimen sería nada frente a un alud de votos libres a favor del hijo del general. El sucio resultado de esos comicios obligó a crear desde cero un nuevo sistema electoral.

A pesar de recurrir a ciudadanos para organizar los comicios, y varias legislaciones electorales después, hoy es claro que los comicios no pudieron escapar a una advertencia que en 1987 hiciera Carlos Castillo Peraza.

“El problema más grave de México, hoy por hoy, radica en la paulatina invasión de la sociedad por el Estado”, decía en abril de aquel año en La Nación quien luego llegaría a ser presidente nacional del PAN (1993-96). Siguiendo a Luis H. Álvarez, el yucateco agregaba en ese artículo: “en México ha sucedido que en lugar de que las virtudes privadas hayan pasado a la vida pública, los vicios públicos han empezado a carcomer la vida privada. Para nadie es un secreto el hecho de que, paulatinamente, el Estado –y aquí utilizo este término para designar el monstruo híbrido Estado-gobierno-partido oficial– ha ido absorbiendo a la sociedad”. (El porvenir posible, Fondo de Cultura Económica, 2006, selección de Alonso Lujambio y Germán Martínez Cázares).

En ese texto, Castillo Peraza destacaba que la fortaleza del PAN radicaba en que los ciudadanos lo distinguían de un régimen sin crédito alguno. Hasta que el prestigio panista se fue por la coladera de la ineficiencia y la corrupción. Lo mismo se puede decir del PRD. Los vicios que antes sólo se atribuían al régimen tricolor sustituyeron las supuestas virtudes de la otrora llamada oposición.

El resultado es que en la cita electoral de este domingo hay todo menos pluralidad. Son diversos en la forma pero en la esencia son iguales. Aunque unos más iguales que otros: cuatro partidos dignos de ese nombre –PAN, PRI, PRD y Morena–, y las rémoras de cada temporada, unas más mañosas que otras.

En ninguna otra cita había percibido una total ausencia de opciones partidistas, o la certidumbre de que no hay en este proceso electoral avance alguno, ni siquiera por el puñado de candidatos independientes.

Por eso, y desde mi chilanga circunstancia (si votara en Nuevo León o en Jalisco quizá pensaría distinto) no acudiré a votar el domingo. Por si alguien estaba con el pendiente.

Twitter: @SalCamarena

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