Opinión

Entre la eterna coyuntura y la estructura

10 febrero 2014 4:25 Última actualización 06 septiembre 2013 5:2

 
 
Roberto Escalante Semerena
 
 
Alarmante, aunque reiterada, ha sido la noticia del magro crecimiento de la economía mexicana para el segundo trimestre del 2013, apenas 1.5% interanual, lo que hizo que la SHCP ajustará el pronóstico de crecimiento para el 2013 a 1.8%,  aunque algunas centros de estudios  (públicos y privados) mencionan que éste no superará el 1.4%.  Lo anterior implicó un repunte en la tasa de desocupación para el segundo trimestre rondando el 5%, a lo que se agrega la caída de los ingresos fiscales y del gasto público, sin dejar de mencionar el tenso clima social que se vive por diversas razones en todo el país.
 
 
En este contexto, se ha transformado más en costumbre que en argumento (válido per se)  el mencionar que el paupérrimo crecimiento de la economía mexicana se debe a problemas coyunturales como la caída y recesión de la economía mundial, particularmente la norteamericana, nación a la cual van a dar más del 80% de las exportaciones mexicanas. Si bien es cierto que se está frente a una coyuntura de crisis, México lleva al menos tres décadas con crecimientos económicos paupérrimos.
 
 
De tal suerte, las causas de tan adverso escenario económico, y por ende social, de México  son principalmente  estructurales.  En las últimas dos décadas se ha pugnado por una política económica que no contempla programas industriales pues se arguye que sea el mercado  global el que oriente qué tipo de economía debemos ser. Así, México es una de las economías más abiertas y los resultados de dicha apertura no han sido nada satisfactorios, por el contrario.
 
 
Por ejemplo, en el caso de las exportaciones la balanza comercial sigue siendo estructuralmente deficitaria exceptuando la balanza de productos petroleros (principalmente petróleo crudo). En el caso del sector industrial, México se caracteriza por ser un país maquilador, es decir, el valor agregado (remuneración a los factores productivos, entre ellos sueldos y salarios)  que se añade a las mercancías es muy bajo. Esto crea al menos dos problemas fundamentales, primero, la llamada asfixia del sector externo y, segundo, y no menos importante, una escasa demanda interna incapaz de generar impulsos económicos que saneen el impacto de las llamadas coyunturas externas.
 
 
En lo que refiere al mercado interno,  la caída de los salarios, con miras a aumentar la productividad, no sólo implica una demanda interna anémica, sino también una concentración del ingreso, que ha caracterizado al mundo en los últimos 30 años.
 
 
La solución a este entramado se le ha entregado al argumento de hacer las  reformas estructurales, es decir, la reforma educativa, la energética, la fiscal, y la reforma educativa. Todas impactarán, se promete, positivamente en la productividad. En lo que refiere a la energética la apertura y la competencia beneficiarán a los consumidores, en la fiscal aún hay dudas de que tipo será si progresiva o regresiva.
 
 
Pero las dudas surgen, primero ¿la reforma educativa de jure impactará en la productividad? No, pues el aumento en la productividad, por excelencia, se da gracias a la innovación tecnológica. Está innovación implica cohesionar (mediante la inversión pública y privada) si bien no todo el proceso productivo de una mercancía sí el que genera mayor valor agregado. Empero, esto pasa por tener una política industrial que no deje a las libres fuerzas del mercado la asignación de los recursos, pues de lo contrario, el único medio para aumentar la competitividad seguirá siendo el de un mercado laboral con bajos salarios y, por ende, poco calificado.
 
 
Segundo, en cuanto a la reforma energética, se arguye que la competencia y la participación de capital privado permitirán la innovación y baja en los precios en el mercado energético. Sin embargo, también aquí surgen varias dudas ¿La innovación es exclusiva de las empresas privadas? No, pues la innovación va de la mano con la inversión que no es exclusiva de las empresas privadas.
 
 
Y ante los resultados de inequidad en la distribución del ingreso que caracteriza a México, mediante la “draconiana mano invisible“¿no era necesario prioritario e incluso indispensable haber puesto sobre la mesa la reforma fiscal antes que cualquier otra?  Obviamente con un carácter progresivo que dote de ingresos al Estado para robustecer su capacidad de política económica, para con ello abandonar la eterna coyuntura de los avatares externos.
 
 
Pero, al final, uno tiene la suspicacia que esta crisis de coyuntura parece, además, inducida. Propiciar una crisis económica para favorecer que las reformas propuestas sean aprobadas porque son la solución. Si esta hipótesis fuera cierta, sus autores juegan con fuego.
semerena@unam.mx
 
Catedrático de la Facultad de Economía – UNAM.