Opinión

Entre conservadores, progresistas y lo que se ofrezca


 
 
En todo grupo humano, desde una familia hasta un país, siempre hay personas que quieren que todo siga igual, las hay que quieren cambiar algunas cosas y también las que quieren cambiarlo todo. La relación, la lucha, la negociación, los encuentros y desencuentros entre estos grupos, todo eso, se llama política.
 
 
Desde luego, no es tan sencillo, pues entre el grupo de quienes quieren cambiar algunas cosas existen subgrupos: suele ocurrir que las cosas que quieren cambiar unos no son las mismas que quieren cambiar otros. Tampoco son iguales las formas mediante las cuales los diversos grupos aspiran a cambiar en parte o totalmente el estado de cosas. Hay quienes quieren que los cambios sean graduales y por vías pacíficas y quienes pretenden cambios repentinos y radicales, incluso mediante la lucha armada.
 
 
Éste es el juego de la política: lograr la permanencia, el cambio parcial o el cambio total, o impedir que otros consigan lo que se proponen.
 
 
De esta lucha entre conservar y cambiar surge la contienda por el poder. Quien tiene el poder formal, o más poder de facto, tiene mayores posibilidades de impulsar aquello en lo que cree o le conviene.
 
 
El poder, ya se sabe, tiene muchos laberintos, entre otros, que quien lo posee, una persona o un grupo, no lo deja voluntariamente. Por alguna razón (siempre hay una) los individuos o los grupos que tienen el poder formal realizan grandes esfuerzos por conservarlo y acrecentarlo, y sus adversarios se desviven por arrebatárselo.
 
 
A los que quieren perpetuar el estado de cosas imperante se les llama conservadores; a los que quieren impulsar cambios radicales, progresistas; los que quieren cambiar algunas cosas y hacerlo gradualmente se llaman moderados. Puede haber conservadores moderados y progresistas moderados.
 
 
Actualmente en México tenemos una mezcla peculiar, especialmente si se trata de, por ejemplo, la reforma energética. En esta materia, hoy los considerados conservadores (PAN) proponen cambios radicales; y los llamados progresistas (PRD) quieren que permanezca lo que existe. Y otros (PRI), los que apenas hace unos años bloquearon tal reforma apelando a la historia y la soberanía, ahora esgrimen cuantos argumentos pueden, incluso la historia y la soberanía, para justificar los cambios que proponen.
 
 
Éstos últimos recuperan lo que conviene del pasado para arrebatar banderas y hacer de la historia su argumento, como en otro tiempo dispusieron de ella para tejer razonamientos contrarios.
 
 
Así, la historia se rehace o se acomoda desde el presente con la aspiración de modificar el futuro. En respuesta, los que siempre han recurrido a la historia para apelar a la tradición, el alma nacional, las gestas de los próceres, se irritan, porque quieren la patente de la interpretación de la historia.
 
 
Parafraseando a Enrique Florescano, quienes de una u otra forma dominan el presente quieren determinar el futuro, y por lo tanto tienen la necesidad de reordenar el pasado.
 
 
En eso andamos: los conservadores vestidos de progresistas, los progresistas de conservadores, y los otros, con el poder en la mano, queriendo ser más conservadores que los conservadores y más progresistas que los progresistas.