No habrá presidente para todos
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No habrá presidente para todos

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No habrá presidente para todos

31/05/2018
Actualización 31/05/2018 - 11:14

El martes pasado se llevó a cabo la Tercera Cumbre Ciudadana en el Palacio de Minería de la CDMX, un evento que aglutina a más de 350 organizaciones de la sociedad civil. Desde hace 14 meses este gran colectivo se dio a la tarea de generar diagnósticos y propuestas específicas, ampliamente consensadas, para presentárselas a los candidatos presidenciables. Ellos reaccionaron y cada uno avaló un número grande de las propuestas presentadas, otras fueron suscritas con reservas y otras más, las menos, no fueron suscritas. La lista de las propuestas y las respuestas de cada candidato las pueden consultar en la página cumbreciudadana.org.mx. Todos los candidatos dieron su posicionamiento específico, lo cual fue muy relevante, pero sólo asistieron tres de ellos. Andrés Manuel López Obrador canceló su participación la víspera. Hoy supimos que estaba haciendo campaña en Amecameca. El mismo martes se supo que tampoco había aceptado la invitación de estudiantes de la UNAM, del IPN ni de la UIA para platicar con ellos.

Ambos desaires de AMLO, argumentando que se tienen otros compromisos, son altamente preocupantes. Todo parece implicar que no desea hablar con quienes ha calificado de organizaciones “fifi”, organizaciones trascendentales que han hecho avanzar nuestra democracia y reconocimiento de derechos; tampoco está abierto a dialogar con jóvenes críticos, inquisitivos, a pesar de que cuenta mayoritariamente con su simpatía, de acuerdo con los sondeos y los simulacros de votación que ha habido. Pareciera que no va a gobernar para ellos, que no le interesan estos grupos sociales. Sí, habla mucho, y con frecuencia, con grandes grupos en mítines populares (algunos acarreados) en los que se siente a gusto, de quienes recibe vítores y muestras de afecto. Sí, gobernará para unos, pero con los otros pondrá distancia.

Meade tampoco canta mal las rancheras. Habla de cerca con funcionarios públicos, con gobernadores y legisladores, con grandes empresarios y universitarios. Encuentra difíciles las reuniones donde se le puede cuestionar sobre su relación con el PRI de este sexenio (y los anteriores), la corrupción, la inseguridad y la impunidad o, peor aún, la justicia selectiva aplicada según el interés político. Aguanta los cuestionamientos y los rebate. Pero eso sí, no habla de forma directa con la gente común, con los más vulnerables. Sólo lo hace en medio de fuertes cercos de seguridad, escenografías bien planeadas y con personas que claramente han sido acarreadas a los mítines multitudinarios. Está claro también: gobernará para unos, funcionarios y grandes empresarios, pero a las clases medias y a los pobres les mira como una estadística, como objeto de una política pública en la que, como mencionó en la Cumbre, se deben plantear bien los objetivos y los instrumentos de política para poder evaluar si vamos avanzando o no. Esa será la relación con el grueso de la población: un número, no una persona o una familia.

Y el caso de Ricardo Anaya no es del todo diferente al de José Antonio Meade, salvo que no arrastra la pesada carga de la marca PRI (aunque parece tener algunos lastres propios que le han sacado recientemente). También se entiende muy bien con las clases media alta y acomodadas, habla tres idiomas y conoce de la función y el poder públicos. Sabe manejarse muy bien en esos medios, al grado que logró cuajar una coalición de tres partidos casi imposible, y desbancar a sus adversarios que le competían la candidatura a la presidencia. Pero tampoco habla con la gente. Sus mítines, como los del PRI, están muy cuidados, protegidos y sin riesgo alguno; están llenos de acarreados que le llevan sus aliados partidistas en las diferentes arenas del país. No habla con la gente ordinaria, las fotografías de su campaña con personas comunes y corrientes se ven totalmente huecas, y su relación con los más vulnerables es su propuesta del “ingreso básico” para los más pobres. No es una propuesta menor, pero está tan deshilvanada de los demás planteamientos que a uno no le queda más que pensar que, a semejanza de Meade, los pobres son vistos como una estadística y no como personas de carne y hueso, con nombre y apellido. Sólo va a gobernar para las personas con quienes se entiende, pero tampoco va a gobernar para la mitad de la población que se encuentra en pobreza.

Así, pareciera que quien resulte presidente va a gobernar sólo para una parte de la sociedad y va a dejar descobijada al resto. Sólo unos tendrán presidente. Los otros podrían convertirse incluso en enemigos del régimen, o al menos una piedra en el zapato.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.