Las “fallas del neoliberalismo”
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Las “fallas del neoliberalismo”

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Las “fallas del neoliberalismo”

06/12/2018

En su discurso de toma de posesión, el presidente Andrés Manuel López Obrador culpó al “neoliberalismo” del bajo crecimiento económico, persistencia de la pobreza y desigualdad, que era sinónimo de corrupción y que prácticamente era la madre de todas nuestras desgracias. Citó las tasas de crecimiento elevadas que tuvo México entre los años treinta hasta el auge petrolero (con inflación y devaluación) de los años setenta, cómo México había perdido lugares en corrupción, la pérdida de autosuficiencia en la producción de energéticos, las muertes por violencia, entre otros males. Fue incluso un discurso nostálgico del “desarrollo estabilizador” de fines de los cincuenta a la década de los sesenta: crecimiento sin inflación.

Las cifras que mostró el Presidente son precisas. Es verdad que México no ha podido volver a crecer a tasas del 5.0 por ciento desde los setenta; es cierto que la corrupción se disparó en el último sexenio y las muertes aumentaron como nunca tras la declaratoria de guerra contra el crimen organizado y la presencia militar que decretó Felipe Calderón. Es cierto que hoy importamos gasolina que en otra época la producíamos en México, aunque no mencionó que subsidiamos la energía desde el nacimiento de Pemex.

Las cifras son correctas, pero el diagnóstico está equivocado. El liberalismo NO es el causante de todos nuestros males. Me explico. En primer lugar, el “desarrollo estabilizador” tenía que terminar porque desde los años sesenta mostró que no era sostenible en el largo plazo. Raymond Vernon lo visualizó perfectamente (revisen su libro El dilema del desarrollo mexicano, 1964). El ahorro interno ya no era suficiente para sostener los niveles de inversión que requería el país para crecer al 5.0 por ciento anual: o nos endeudábamos para obtener los dólares para financiar la importación de bienes de capital e intermedios, o se impulsaba la agricultura y los servicios y nos abríamos para generar sectores que pudieran competir internacionalmente y producir las divisas necesarias. Los gobiernos de esos años, incluso de los sesenta, postergaron las decisiones difíciles (que implicaban entre otras cosas abrir la competencia política y dejar atrás el apoyo corporativista de centrales obreras y campesinas y del sector popular). La deuda externa empezó a crecer y explotó con Echeverría (que al final tuvo que devaluar) y con López Portillo, a pesar de los hallazgos petroleros de Cantarell. El “desarrollo estabilizador” colapsó.

De ahí la respuesta de cambio de rumbo de Miguel de la Madrid y las reformas estructurales de Carlos Salinas de Gortari. Se abrió la economía al comercio internacional, se firmó el TLCAN, se liberalizaron mercados, se estableció la autonomía del Banco de México y se reprivatizó la banca y muchas empresas estatales (con claroscuros) que perdían dinero y había que inyectarles impuestos para sostenerlas. La deuda nos estaba comiendo. Ernesto Zedillo ciudadanizó el IFE, transformó el Poder Judicial y le dio autonomía, y creó el Sistema de Ahorro para el Retiro, que evitó el colapso de las finanzas públicas en el mediano plazo. El Pacto por México profundizó las reformas estructurales que, por naturaleza, toman tiempo en dar frutos.

Mi diagnóstico coincide con el de muchos más: el crecimiento lento esconde el hecho que en los estados del centro y norte del país la economía crece entre el 4.5 y el 5.0 por ciento desde hace más de un decenio, mientras que los estados del sur se quedan estancados, sin mejorar (el promedio nacional es de apenas 2.2 por ciento). Que las regiones más prósperas se caracterizan por tener mejores salarios, sistemas educativos y de salud, más infraestructura carretera, portuaria y aeroportuaria y, en buena medida, mayor cercanía a la frontera norte lo que reduce costos de transporte y logística hacia los Estados Unidos. Las regiones más rezagadas tienen una población menos educada, con menor acceso a la salud, dispersa, con comunidades aisladas y de población indígena predominante, con atrasos ancestrales. Es decir, México ha crecido muy rápido en la mitad de su territorio, y muy poco en el resto del país. En la mayoría de los estados del norte, la pobreza extrema está prácticamente erradicada, mientras que en el sur representa alrededor del 25 por ciento de la población.

¿Ha sido el “neoliberalismo” el causante de este resultado? En mi opinión, el “neoliberalismo” ha sido muy positivo para una gran parte del país, pero no ha beneficiado al resto como debiera. ¿Por qué? Porque el Estado mexicano no ha querido o no ha podido generar el consenso necesario para invertir en el sur y hacer lo necesario para salir del atraso. Por eso considero que está muy bien que AMLO se concentre esencialmente en el sur-sureste, pero no debe descuidar ni poner obstáculos a la prosperidad del centro-norte. Es más, el deber político de AMLO es convencer a sociedad y gobiernos de esos estados que un sureste próspero está en el interés de todos, de la misma forma que los alemanes occidentales contribuyeron con la aceleración del desarrollo de Alemania Oriental después de la caída del Muro de Berlín. En mi opinión, la tarea de AMLO es unir el país, que remen ricos y pobres, norte y sur, en la misma dirección, con prosperidad en todo el territorio. Es posible hacerlo. Es políticamente viable.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.