Las campañas y el debilitamiento institucional
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Las campañas y el debilitamiento institucional

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Las campañas y el debilitamiento institucional

03/05/2018
Actualización 03/05/2018 - 11:00

En sendos artículos de esta semana, Jesús Silva-Herzog Márquez (Reforma, 30 de abril) y Juan Ramón de la Fuente (El Universal, 30 de abril) hacen un llamado a la cordura, a la sensatez, a la aceptación de los resultados de las próximas elecciones presidenciales. Es un llamado a ser demócratas y aceptar el resultado que dicten las urnas, sin regateos, respetando las diferencias de opinión y con plena tolerancia.

El llamado es necesario, pues las campañas están tomando perfiles preocupantes, donde pareciera que se está dispuesto a hacer lo que sea con tal de desacreditar al adversario, con tal de ganar un par de puntos en las encuestas. Los adjetivos y sus implicaciones, las historias y noticias que frecuentemente no son reales pero que sesgan la opinión pública, las declaraciones de simpatizantes que luego los candidatos tienen que salir a desmentir, han polarizado a la sociedad. Por ejemplo, la campaña de Anaya que pretende convencer al electorado de que se trata de una batalla entre dos y su llamado al voto útil; o las funestas declaraciones de Paco Ignacio Taibo II, de que López Obrador debería expropiar las empresas de aquellos que no estuvieran de acuerdo con él o lo quisieran presionar, echan leña a la hoguera; o la campaña de Meade, que infunde miedo a la población en caso de que López Obrador llegue a la presidencia, lo que contribuye a la polarización, a la ansiedad de muchos y sentimientos de venganza en otros.

Las discusiones se dan en todos los contextos. En la familia, entre amigos, en la oficina y en las reuniones, las discusiones muchas veces suben de tono y hasta generan altercados. No se diga las muestras de desesperación de grupos sociales y empresariales diversos que se han expresado en los medios. En el fondo, existen diferencias de opinión que si bien es normal que ocurran, muestran también que no estamos realmente empapados de un ánimo y cultura democráticas.

En buena medida, este temor al 'populismo' de López Obrador, o a la continuación de la corrupción incontrolable si gana Meade, o al neoliberalismo a ultranza si gana Anaya, se verían seriamente contenidos si nuestras instituciones fueran más robustas y quienes las lideran tuvieran la convicción y entereza de soportar innumerables presiones e incluso amenazas de quienes ostentan el poder público. En todo caso, como hemos visto en Estados Unidos, sólo las instituciones han sido capaces de detener, aunque sea parcialmente, el impulso xenofóbico y los excesos del presidente Trump.

En nuestro caso, los excesos de cualquier candidato que llegue a la presidencia, se teme, no tendrán los controles, los contrapesos institucionales necesarios para impedir que afecten drásticamente a grandes segmentos de la población. Estamos hablando de las instituciones de impartición y procuración de justicia, de algunos de los órganos constitucionales autónomos como el Coneval, el Inegi o el INE, del mismo Congreso, entre otros. La debilidad institucional nos debilita a todos ante los excesos del poder.

Lo dramático y paradójico es que quienes ostentan el poder público, o lo ostentarán tras las próximas elecciones, son quienes precisamente han utilizado las instituciones como garrote político, o como instrumento a su servicio particular, que son justamente las causas de su debilitamiento. El Sistema Nacional Anticorrupción ya debería estar funcionando plenamente, pero han sido justamente los partidos y nuestros representantes legislativos quienes le han impedido entrar en funcionamiento; el Ejecutivo ha utilizado a la PGR para fines claramente políticos y de contención social, y ha penetrado en la vida interna de los órganos constitucionales autónomos, debilitando su operación y su estructura institucional.

Está muy bien que debamos aceptar los resultados electorales y aprender a vivir en democracia, con tolerancia hacia lo distinto a uno mismo. Pero al mismo tiempo, ante los miedos reales o infundidos, debemos exigir a nuestros legisladores y al Poder Ejecutivo que se porten a la altura, así como a quienes lideran nuestras instituciones defenderlas a capa y espada. Las dos cosas van juntas: para vivir en democracia, quienes ostentan el poder deben salvaguardar nuestras instituciones. No lo han hecho. Así es más fácil aceptar los resultados si nuestro candidato preferido no gana las elecciones.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.