Opinión

‘Enmudecer a la verborrea’

10 febrero 2014 4:52 Última actualización 27 agosto 2013 5:2

 Fernando Curiel
 
 
La expresión que encabeza este artículo es de Salvador Novo: contradictoriamente publicista comercial, en teoría y en los hechos (a él le debemos: “Enjuaga, exprime y tiende”, “Mejor mejora mejoral”).La maña para “enmudecer la verborrea” consiste (a conseja Novo) en silenciar el audio de la televisión a la hora del jingle (y eso que a Novo sólo le tocó la publicidad de jabones y demás mercadería).
 
 
Vale la pena aplicar el remedio y el trapito.
 
 
Aunque no sin, antes, examinar algunos excesos de la guerra de comunicadores oficiales, a que nos referimos, escandalizados, en artículo anterior. 
 
 
La tarea me la encomendó, telefónicamente (teléfono fijo, de los de antes), una amiga del alma: “Te faltó meterte con el Instituto Federal Electoral, que ya ni la amuela”.
 
 
Obedezco, cumplo.
 
 
Padre e hija. Más o menos.
 
 
-Hija, ¿por qué estás tan preocupada? ¿Por la decisión que tomaste?
 
 
Resulta que sí, en efecto, que la hija está preocupada por la decisión que tomó: votar (debemos decir una de las contadas votantes en las fracasadas elecciones recientes).
 
 
El padre la tranquiliza: -¿Qué no sabes que el Instituto Federal Electoral protege tu decisión?
 
 
Pero la hija de marras sigue preocupada.
 
 
El papá pregunta por qué.
 
 
Resulta que la hija no sabe qué comerse, o un tamal o una quesadilla. Digamos: o una hamburguesa o una torta. O esto o lo otro. Y así por el estilo.
 
 
¡Recórcholis! ¿A qué funcionario, con sueldazo lo más seguro, se le ocurrió tamaña estupidez? ¿Qué genio “creativo” la realizó?
 
 
Pase, en verdad, que una cadena restaurantera pague a una agencia de publicidad, y otro tanto como anunciante de radio, para un comercial en el que un joven tiene prisa por llegar al aeropuerto; toma un taxi; pero apenas iniciada la “dejada”, pide bajarse para comerse unas enchiladas (y, se sobreentiende, perder el vuelo).
 
 
Pase, asimismo, que una empresa de Internet nos brinde el siguiente melodramón:
 
 
Una voz advierte a un padre que el hijo no le agradece ni que se desvelara, ni que se vistiera de Santa Claus, ni que le donara un riñón:
 
 
No.
 
 
El hijo, a su vez, con voz áspera como si fuera rechazado del Sistema de Educación Pública (o, de plano, profesor de la Sección 22), le espeta al padre.
 
 
-En esta casa el Internet se corta a cada rato. Me decepcionas.
 
 
Moraleja: adquirir, hecho la mocha, para ganar el cariño del hijo, el producto anunciado.
 
 
Pase, en resumen, lo del joven que pierde el avión por unas enchiladas, y lo del hijo chantajista, ¿pero lo del Instituto Federal Electoral?
 
 
¿O sea, no sólo los partidos políticos nos creen menores de edad, sino que a este desdén se suma el del Tribunal Federal Electoral?
 
 
¿O, quien sea (singular o plural) el que contrata, con dineros públicos, un “comercial” de tal miseria imaginativa, cree en realidad que nos creemos el mensaje: “Tu tomas la decisión. Nosotros la protegemos”?
 
 
¿En qué beneficia todo esto a la secreción secreta del voto?
 
 
¿Aumentará el número de votantes con la mezcla de hijas dubitativas, padres sabelotodo, tamales y quesadillas?
 
 
No lo creo.
 
 
Que los anuncios “comerciales”, vendan; pero que los “anuncios” oficiales piensen, promuevan inteligentemente, esclarezcan.
 
 
Pero no: unos y otros caben en el mismo sandio costal.
 
 
Mientras tanto, el Ejecutivo emite un acuerdo que, en los contratos de publicidad de las dependencias y entidades federales, concentra su autorización, en la Secretaría de Gobernación y en la oficina de la Presidencia.
 
 
La SEGOB actuará a través de una Dirección General de Normatividad de Comunicación.
 
 
Además, se fijan los criterios de autorización: capacidad del medio asignado para llegar a la población; equidad entre los medios de comunicación que guarden características análogas; y transparencia de la información que ataña a la contratación de los medios oficiales en una campaña.
 
 
¿Y el punto de las empresas realizadoras (no transmisoras) de las campañas oficiales?
 
 
¿Y el punto de los contenidos?
 
 
Así como se prohibía (o prohíbe) la “baja comicidad”, debería prohibirse el bajo coeficiente intelectual de los contratantes y los publicistas.
 
 
¿Y qué va a pasar con los organismos, disque autónomos, como el IFE (que galopa, a lo llanero solitario, la promoción de la tarjeta de elector); o el Trife?
 
 
¡Y todo sin votantes!
 
 
Investigador universitario.