Opinión

Engordar

 
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Pablo Katchadjian.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó la noticia cultural que ha recorrido el mundo: el escritor argentino Pablo Katchadjian “engordó” El Aleph, el cuento clásico de Borges; es decir, lo intervino, como dicen los artistas alternativos, le agregó párrafos, frases, le puso carnes al esbelto y atlético cuento de Borges. El asunto no habría pasado de ser un caso más o menos sonso de experimentación literaria a no ser por el hecho muy serio de que la viuda de Borges, María Kodama, demandó al escritor de impronunciable nombre, Katchadjian, e hizo famoso en el acto (no empiecen) al argentino que le añadió cinco mil palabras a El Aleph, que originalmente tiene cuatro mil palabras.

El señor Katchadjian ha sido acusado de reproducir sin permiso el cuento completo de Borges. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: la verdad sea dicha (muletilla patrocinada por Morena), hay que tener blanquillos muy grandes para ir al interior (¿o exterior?) de un gran relato e intervenir sin pudor alguno su trama, sus frases, sus personajes. En fon. Cada quien elige el modo de hacer el ridículo. Por lo demás, se sabe que María Kodama se volvió una avara de borgesismos, donde aparece el nombre de Borges, la señora Kodama aparece con un recibo de honorarios y un estandarte con la efigie de Georgie y una frase latina: vade retro, me deben 20 mil dólares.

Intervención
Gil comprende a Pablo Katchadjian pues ha engordado algunas obras de Shakespeare. Se conoce en especial su trabajo con Hamlet. Gamés se metió con la tragedia y la dejó gorda como la tía Eduviges. No todo marcha bien en Dinamarca, se avecinan las elecciones y hay gran nerviosismo en el reino, el dólar se vendía a 17, el postróleo se regalaba y la CNTE había tomado la explanada real. Una noche el fantasma de Liópez se aparece, pero se niega a hablar. Molesto con sus correligionarios, Hamlet-Batres ve de nuevo al fantasma y éste le dice que la mafia en el poder le ha robado la presidencia.

Hamlet-Batres se finge loco y organiza un plantón en la explanada real, él sabe que es la estrella ascendente y más brillante de Morena. La reacción violenta de Claudio-Héctor Serrano convence a Hamlet-Batres de la culpabilidad de la mafia en el poder. Durante una acalorada plática, Hamlet-Batres escucha un ruido detrás del cortinaje y atraviesa el bulto con varias puñaladas; en realidad ha asesinado a Polonio-Ebrard.

La obra avanza sin mayores complicaciones, mueren algunos amigos de Hamlet-Batres. Gilga no repetirá aquí toda la obra de Shakesperare, que además se incluye completa en la intervención. Hamlet-Batres y Claudio-Héctor Serrano se desafían a un duelo que ocurrirá en la delegación Iztapalapa. Todos acaban a puñaladas, algunas espadas han sido envenenadas. Claudio-Héctor Serrano muere bebiendo un veneno que Hamlet-Batres le obliga a ingerir. Al final, el príncipe noruego Fortinbrás-Mancera aparece e inopinadamente le pide la renuncia a todos los funcionarios del gobierno de Dinamarca.

Creatividad
Gamés ha intervenido otras obras importantes. Algún libro de Juan Rulfo, por ejemplo, que como los trenes ha sido rigurosamente vigilado por la viuda del gran escritor mexicano. Por eso, para destantear al enemigo, a un libro de cuentos muy conocido Gamés le cambió de título y le puso El llano en yemas. Nadie se ha dado cuenta todavía porque también ha cambiado los títulos de los cuentos que integran el libro: “Nos han dado en la torre”, “Es que somos muy odres”, “En la arrugada”, “Yombina”.

Nadie ha reparado en la intervención de Gilga y en consecuencia nadie puede demandarlo, muy pocos lectores saben que estos títulos corresponden secretamente a estos otros: “Nos han dado la tierra”, “Es que somos muy pobres”, “En la madrugada”, “Luvina”. Uta, cuando Gilga se pone ingenioso no hay quien lo detenga. Mju.

Así las casas (muletilla patrocinada por Morena; na, nocierto, por Grupo Higa), Pablo Katchadjian no es tan original como se cree, o como la señora Kodama supone. Estamos ante un joven novillero que ha inventado la leche tibia: parodiar, añadir, engordar, hacer el pastiche. Katchadjian y Kodama deberían leer los relatos desaforados de Bustos Domecq, el personaje que Bioy y Borges inventaron. Ambos parecen salidos en la alta madrugada de algún relato de este clásico de la parodia: Seis problemas para don Isidro Parodi.

La máxima de Chesterton espetó dentro del ático de las frases célebres: “El gran clásico es un hombre del que se puede hacer el elogio sin haberlo leído”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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