Opinión

Enfermo de expectativas


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Hombre joven corre hacia la meta en una carrera

Habiendo resistido la tentación de sacar conclusiones, he vencido al espíritu, como he vencido a la vida por el horror a buscarle una solución.
(E. M. Cioran)

Pocas cosas angustian tanto como plantear la idea de no tener expectativas. De inmediato viene una mordida feroz, que defiende el anhelo irrenunciable del hombre a imaginar su futuro. No tener expectativas puede interpretarse como mediocridad, abulia y conformismo.

Mauricio es un hombre que se enfermó de expectativas y que con apenas 30 años, carga decenas de historias relacionadas con angustia y todos los miedos derivados.

Cuando era niño lo eligieron como el más inteligente de la familia. No sabe por qué –sus padres, tíos y tías, maestras y amigos– le decían que era único, el más listo de todos. Solo recuerda que le gustaba leer, que aprendía sin esfuerzo y que tenía una mente creativa y original. Era curioso, inquieto, hacía muchas preguntas y observaba el mundo con dudas y curiosidad. La llegada a la adolescencia le reveló que ser inteligente y tener buenas calificaciones apenas alcanzaba para tener amigos y para conseguir la mirada de una mujer, así que cambió los libros por el futbol, las cervezas, las fiestas y el rock. Pasó de ser el mejor de la clase a expulsado de la secundaria. Fue entonces que tuvo su primer ataque de ansiedad, mientras caminaba rumbo a casa, a contarle a sus padres que acababan de echarlo de la escuela. Manos sudorosas, taquicardia, confusión mental, angustia de muerte, correr por las calles. El episodio terminó en el hospital con un breve internamiento por ataque de pánico.

Mauricio se recuperó, pero algo había cambiado en él. Ahora sentía una obligación de no defraudar a nadie y de volver a ser el mejor en calificaciones, el más obediente, el mejor hijo. Las expectativas monstruosas puestas en él también fueron consecuencia de tener una hermana que interpretaba bien el papel de rebelde, ésa en la que los padres tienen pocas esperanzas.

Su enfermedad le quitó autonomía porque todos temían que le pasara algo grave. A veces en medio de los ataques de ansiedad le daban ganas de morirse de desesperación. Equilibró la relación distante de sus padres que se volvieron sus vigilantes por turnos y encontró algo de empatía en su antes indiferente y abusiva hermana. Perdió su libertad y el derecho a ser un estudiante promedio. Si no era el mejor,
habría fallado.

Ha estado así, intermitentemente, desde hace 15 años. Cuando las expectativas no lo enferman se siente más fuerte. No le preocupa más que lo que el día le trae para resolver, aunque la angustia le da mordidas inesperadas y entonces comienza a pensar en recaídas y en volver a ser una esperanza fallida para quienes le auguran un gran
futuro.

A los padres se les dice que deben arengar a los hijos y exigirles para que den su mayor esfuerzo, para que sean los mejores. Los padres se convierten en predicadores, intentando dirigir vidas. Es lo que debe hacerse, es lo que todos esperan que haga un buen padre. No dar fórmulas, ni consejos, ni proponer soluciones, es impensable.

Mauricio y algunos otros que se parecen a él, que son el listo de la familia, el elegido de la madre o del padre por tener cualidades especiales, están en riesgo de enfermarse de expectativas, al convertirlo todo en un concurso que tiene que ganarse. A veces los ataques de ansiedad y las crisis de angustia son más simples de lo que explican los diagnósticos. A veces son una forma de expresar que alguien está harto y necesita liberarse de las definiciones, los manuales, y las recetas de éxito y felicidad.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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