Opinión

Energía, comida y clima

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En París la gente se reincorporó a sus labores tras los ataques del fin de semana. (Bloomberg)

La razón por la cual hoy podemos ser casi siete mil 350 millones de seres humanos en el mundo, viviendo como nunca antes, es porque utilizamos mucha más energía. Se estima que un ser humano requiere un mínimo de diez mil calorías diarias para vivir (alimentos, vestido, fuego, etcétera), y eso es lo que utilizamos por miles de años. Ian Morris ha calculado que hacia el inicio de la era actual (Augusto, Cristo) en el Imperio Romano se disponía de 30 mil calorías por persona al día, y ese excedente energético es el que permitió construir ciudades grandes, incluyendo Roma misma, y los monumentos que nos han quedado.

Hoy, el consumo promedio en el mundo es de 50 mil calorías diarias, y en los países avanzados supera las 150 mil, en parte por su ubicación geográfica (clima muy frío en el norte, muy cálido en Medio Oriente). Gracias a ese consumo energético podemos ser tantos, y comer tanto como lo hacemos. Por cierto, sólo para comparar: hoy hay 50 por ciento más alimentos disponibles por persona de los que había en 1961, cuando éramos la mitad, apenas tres mil 500 millones de personas. Más aún, hoy trabajamos menos: en los países desarrollados, el promedio de horas trabajadas al año ronda mil 800, cuando hace 125 años estaban por encima de tres mil.

En pocas palabras: para poder mantener a los seres humanos como viven hoy, en la cantidad que son, necesitamos consumir toda la energía que consumimos. Si queremos ser más (que afortunadamente ya no seremos tantos más) o si queremos vivir mejor, necesitamos más energía. La fuente de energía que hoy tenemos es esencialmente de combustible fósiles. Antes usábamos más energía animal y humana, y biomasa (leña, estiércol, etcétera). La energía fósil es mucho más eficiente y, ahora lo sabemos, extraordinariamente abundante. Aunque por décadas se ha pensado que el petróleo se acaba, no es así, hay más cada día, y más gas, y por eso ahora son ambos tan baratos.

Pero toda combustión produce desechos de carbono, y uno de ellos, el CO2, es un gas de invernadero que tiene una vida muy larga en la atmósfera. No es el gas de invernadero más poderoso, pero sí el más duradero entre los abundantes (entre 30 y 95 años, frente a 15 del metano, por ejemplo). Desde que empezamos a quemar en serio los combustibles fósiles, hemos pasado de 280 a 400 partes por millón (ppm). En teoría, cada vez que se duplica la cantidad de CO2 en la atmósfera la temperatura del planeta debe subir poco menos de un grado Celsius, pero no sabemos bien cuál es el efecto global, porque la atmósfera es un sistema verdaderamente complicado. De ahí la preocupación de algunos que piensan que el incremento puede ser varias veces mayor. La verdad es que no lo sabemos con certeza.

Puesto que hoy no tenemos alternativas viables, en cantidad suficiente, para sustituir los combustibles fósiles, salvo la energía nuclear, cualquier intento de reducir emisiones de forma abrupta implica consumir menos energía. Y eso significa menos satisfactores, incluyendo comida, y más trabajo. Buena parte de la humanidad puede resistir eso, pero no los mil o dos mil millones más pobres. Por eso quienes están tan convencidos de la catástrofe climática deben detenerse un momento a pensar bien qué quieren hacer: ¿matan de hambre a mil millones hoy, o se esperan a verificar si sus estimaciones son correctas?

Antes de poner en riesgo la vida actual de una quinta parte de los seres humanos, conviene voltear a ver las cifras, que nos indican que las emisiones de carbono se están reduciendo. Ya le daba datos la semana pasada de eso, pero hay más información relevante que le comento mañana.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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