Opinión

Encrucijada

 
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900 Militares enviados por Sedena para brindar seguridad a Sinaloa.

Uno. Ya no son ni remotamente los tiempos de don Daniel Cosío Villegas crítico (feroz, sabio) de coyuntura. Al par, grandes obras historiográficas y menudeo cotidiano. Leo pues, poco, de tarde en tarde, a sus discípulos directos e indirectos, que optan en exclusiva por lo segundo; aunque no sólo, estoy seguro, porque la coyuntura política, a fin de cuentas predecible, demandé menor esfuerzo intelectual).

Dos. Lo que perdieron los estudios históricos de tronío a cambio de la “Opinión” no alcanza a compensarse. Y el rotundo fracaso de aquello a lo que historiadores (y sociólogos y politólogos posgraduados) apostaron no sin candor: la democracia electoral (“Votas y te vas”), sume a la vida pública mexicana en atonía catastrófica. 

Tres. No valen, lo sé por experiencia propia, los “hubiera”. Pero quizá algunos de los que abandonaron la investigación de fondo, aulas y bibliotecas, archivos, en aras de la Plaza Pública, debieron obedecer los originales impulsos; la vía discreta, privada (de reflectores), de los O’Gorman, los León-Portilla, los González y González. Y lo indudable es que no se han facturado obras señeras, ya no digamos como México a través de los siglos, sino como Historia moderna de México o Historia de la Revolución Mexicana (Cosío Villegas y colaboradores).

Cuatro. Y el andar en las aguas revueltas de la coyuntura, obliga a tomar partido.

Cinco. De ahí la sorpresa que me causó la lectura (recorte el artículo para leerlo con parsimonia) de “Institución de (sin) instituciones”, artículo sensato, des-ideologizado, a-partidista, de Lorenzo Meyer (Reforma. 23/III/2017, p. 11).

Seis. El Ejecutivo Federal había calificado a las Fuerzas Armadas “institución de instituciones”; y el general Guillermo Almazán había advertido: “Somos el último recurso del poder político”. El articulista (e historiador) concluirá que “Mal está un México cuyo régimen político depende de una ‘institución de instituciones’ militar”.

Siete. Conclusión derivada de varias situaciones, a cual más de grave. Empezando porque los estudioso del sistema político mexicano, en sus diagnósticos, anotaban sí al Ejército entre los factores reales de poder, junto a caciques y caudillos, clero, empresarios, pero no como protagonista y garante principal.

Ocho. Después de los fallidos intentos presidenciales de dos generales, Almazán (1940) y Henríquez (1952), el Ejército, alejado de micrófonos y cámaras, ocupan lugar discreto y subordinado al poder civil. Salvo crisis de gobernabilidad y control por parte del poder civil: el 68, la Guerra Sucia, el Neozapatismo (yo no sé usted, pero yo le he perdido por completo la pista al Subcomandante y Subpoeta “Marcos”).

Nueve. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha llevado al Ejército a las ochos comunas de la prensa, a la atención puntual de los medios electrónicos, a la condición, no de último recurso, sino “de primero para mantener la gobernabilidad”?

Diez. Diagnóstica Mayer: “la combinación del auge del narcotráfico, el fin del presidencialismo sin contrapesos y el fracaso de la transición democrática”. Toda vez que los propios mandos rechazan tal papel, por no corresponderles, el diagnóstico se carga de miga.

Once. Alternancia ha habido, pero no transición (como la ha habido en la España posfranquista, modelo de la LOPPE de 1976). Y me pregunto si en el fracaso democrático, no radica, de manera principal, el callejón sin salida de la guerra contra el tráfico, el descrédito público de los Tres Poderes y, lo más descorazonador, la mudanza de los partidos en carteles de la política. Cuestión de colocar correctamente el acento.

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