Opinión

En verdad, ¿Dios proveerá?

21 noviembre 2013 5:2

 
Ya Dios proveerá. Es una expresión arraigada en nuestra cultura a través de la que endosamos a Dios la responsabilidad de proveernos de bienes materiales en el futuro.
 
Era usada como un reconocimiento de la incertidumbre intrínseca del futuro, la que era más acusada en el ámbito rural en el que la frase se acuñó, debido a las cambiantes circunstancias de la naturaleza, que determinaban en una medida importante la suerte de las cosechas de las que dependíamos.
 
Pero, pareció quedarse arraigada en nuestra visión y seguimos despreocupados de nuestro futuro económico y financiero. Ya Dios proveerá.
 
La investigación hecha por el Banco Mundial en diversos países muestra que aun en naciones más pobres que la nuestra, hay una mayor planeación y el hábito del ahorro se encuentra más arraigado.
 
Nos ganan Armenia, Colombia, Nigeria, Turquía y Uruguay, que no son precisamente superpotencias.
 
En México, el 70 por ciento no planifica sus finanzas o lo hace a un plazo menor a un mes.
 
En casi todos los estratos sociales nos quejamos diciendo que lo que ganamos es tan poco que no nos alcanza para ahorrar.
 
El ahorro y la planeación financiera no son un asunto de ingresos sino de la visión del futuro.
 
Cuando consideramos que quienes tenemos que hacernos responsables de nuestro futuro somos nosotros y no Dios ni el gobierno, nuestra actitud cambia.
 
Han existido esfuerzos recientes para avanzar en la educación financiera. Los ha hecho el gobierno a través de la Condusef y también lo han hecho instituciones privadas, como Banamex o Bancomer, por citar sólo dos entre varios casos.
 
Pero, en realidad para instalar el hábito del ahorro y la planeación de nuestros dineros, hay que ir más allá y conseguir un cambio en la visión de la vida y del mundo.
 
Quienes tenemos más de 40 años, somos la primera generación en la que no existirá una base familiar que sea el soporte de nuestro sustento durante nuestro retiro.
 
Las familias urbanas en México son ya de uno a dos hijos. Y para la siguiente generación serán de cero a uno.
 
Bajo ese esquema, el adagio “ya Dios proveerá”, no se materializará, como en el pasado, en el sustento provisto por nuestros descendientes.
 
Pero además, nos enfrentamos al hecho de que ya tampoco el gobierno va a hacerse cargo de nosotros.
 
Los sistemas de pensiones basados en beneficios definidos, al margen del ahorro que hubiéramos hecho, o de los años de retiro que acumuláramos, gradualmente van a ser parte del pasado.
 
De este modo, sólo será nuestro ahorro el que nos de soporte. O el ingreso que obtengamos trabajando hasta una edad mucho mayor que la legal, quizás por arriba de los 70 años.
 
Cuando tengamos esa visión, verá que le daremos un mucho mayor valor a la planeación y el ahorro.
 
De hecho, las campañas de educación financiera van a tener mucho mayor receptividad en esa circunstancia.
 
Esa visión también nos ayudará a generar las políticas públicas que aseguren el crecimiento del país en el mediano plazo.
 
Hoy, seguimos pensando que nuestro país, por azares del destino, es el ombligo del mundo, y así como se conjugaron los astros para que obtuviéramos la calificación al Mundial de Futbol, también habrá algún milagro que va a ocurrir para asegurar que el futuro del país sea mejor que nuestro presente.
 
Desde 1980 hasta este año, el ingreso per cápita de los mexicanos creció a una tasa real media de 0.7 por ciento al año.
 
En los últimos 33 años, el ingreso promedio de cada mexicano creció 25 por ciento; el de un coreano en 490 por ciento; el de un chino en 1 mil 533 por ciento.
 
¿No debiera bastarnos esta prueba para mostrar que no hay ninguna garantía de que Dios proveerá?
 
 
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