Opinión

En torno de una mesa

Catedrático de la Universidad Anáhuac Norte.

A mis queridos hermanos. A mis queridos amigos. A mi esposa. A mis hijos. Allegra. A mis muertos. Que el Padre nos ilumine.


No existe reunión social, política o académica que no aborde, aún superficialmente, la tremenda crisis que aqueja al país, iniciada con el descontento politécnico y alimentada por trágicos eventos, relaciones inconvenientes en círculos oficiales puestas al descubierto en medios noticiosos, declaraciones incontenidas de actores políticos, opacidad en las investigaciones y falta de claridad en la comunicación que abonan a la burbuja de incredulidad y descontento social.

Tersos o acalorados, los argumentos que se esgrimen en pro y en contra, parecen encontrar confluencia y acuerdo en dos aspectos: la corrupción innegable que ha penetrado el servicio público y la fragilidad institucional para contenerla.

El caso de Iguala fue el detonador de la protesta, pero los temas que se han sucedido posteriormente: cansancio, enojo, contratos, inmuebles, devaluaciones y caídas del precio del crudo incluidas, se suman al desconcierto, a la sospecha y a la incertidumbre de una sociedad cuya piel se torna cada vez más sensible a eventos que, en otro tiempo, no hubiesen producido mayor prurito.

En el ambiente del escepticismo y la conspiración, flota la duda sobre si las revelaciones recientes en medios, que han causado revuelo incluso en el extranjero, son producto innato de la investigación periodística o inducidas por filtraciones oportunas con fines desestabilizadores.

En el ambiente de la decepción, surge el encaboronamiento (Catón dixit)

En el primer caso, coincidente con la declaración del Ejecutivo, la pregunta es ¿cuál es la fuente interesada y su objetivo?

En el segundo caso, ni que decir.

Lo cierto es que inducidas o no, las noticias han producido un efecto adverso de elevadas proporciones al proyecto reformador de la actual administración.

Indudablemente, ante el escenario de atentado contra el proyecto de nación, los servicios de inteligencia del Estado estarán empeñados en ubicar el origen, los actores y las perversas intenciones que les motivan. Acción consecuente y natural sería su desactivación y la eliminación de la amenaza. (Agencias de inteligencia ya dan avance y ubican a organizaciones protectoras de derechos humanos como foco de inestabilidad. ¡Holmes no pudiera haberlo hecho mejor!)

Un aspecto en el que también coinciden los expertos sentados a la mesa es el relativo a la eficacia comunicacional del aparato público para atender los variados temas que conforman el complejo panorama actual. La estrategia, aducen, de carácter reactivo, es deshilvanada, dispersa o evasiva y, por lo tanto, de escasa contundencia. Las redes sociales, incontenibles con su alcance internacional y virulencia, obligan a la revisión y su replanteamiento.

Con pronóstico reservado se cierra el año.

Los rumores y las conjeturas alimentan, aderezadas con ron, whisky o ajenjo, el análisis. Las apuestas se asientan sobre el ajedrez político con virtuales despidos, relevos y reacomodos que, además de resolver la crítica situación, no serían extraños si se toma en cuenta la contienda electoral en que se inserta el año venidero. Para algunos “tradicionalistas”, sólo hay que dejar, como antes, que las cosas se diluyan, acudir al espíritu de la Navidad y aguardar el año nuevo con su carga de esperanza. Para otros, “conspiracionistas”, 2015 será un año socialmente telúrico que cimbrará el piso político de la nación y obligará transformaciones históricas por el descontento social y la presión externa.

Finalmente, en aquel barrio quieto, la poesía monopoliza el espíritu y el verbo. La adrenalina se agota… se espera el año nuevo.