Opinión

En México nada indigna más que el éxito

La reciente portada de la revista Time con la foto de Enrique Peña Nieto con la leyenda Saving Mexico (Salvando a México) ha suscitado desde escepticismo hasta comentarios poco afortunados en redes sociales sobre cómo el gobierno mexicano pagó alrededor de 600 mil pesos por la portada. En forma increíble, a muchos en México les parece tan poco probable que el presidente merezca ese reconocimiento, que prefieren creer lo absolutamente absurdo, no sólo que la portada de la revista esté en venta, sino además que la empresa dueña de la revista, Time Warner, que tiene un valor en el mercado de más de 54 mil millones de dólares, empeñaría su prestigio haciendo una transacción así, y además por sólo 50 mil dólares, una cantidad que no sería ni un error de redondeo en sus estados financieros.

Lo que realmente me preocupa es el colosal complejo de inferioridad que refleja una aseveración así. El propio autor del artículo, Michael Crowley, quien es jefe de la corresponsalía de asuntos internacionales de la revista, expresó su sorpresa ante los ataques de que ha sido objeto. Como él mismo dijo, la gente que ha manifestado malestar, evidentemente no ha leído el contenido del artículo, que expresa una cierta dosis de cautela y crítica a la administración peñista.

Visto desde Nueva York, la portada es más que merecida porque en un mundo caracterizado por absoluta parálisis legislativa en países europeos y en Estados Unidos, México logró pasar democráticamente una reforma constitucional que rompió con más de 70 años de dogmas irracionales, y fue avalada incluso por legislaturas de gobiernos estatales en cuestión de 72 horas. Legisladores de todo el mundo expresaron admiración no sólo por la exitosa estrategia seguida por el ejecutivo mexicano en las cámaras, sino incluso por la responsable actitud de la oposición mexicana que puso por encima al bien del país, olvidándose de la tentación natural de cobrarle cuentas pendientes al PRI, que cuando era partido de oposición bloqueó una y otra vez a presidentes panistas.

Recientemente, a mí me pasó lo mismo. En una columna publicada el 30 enero en este espacio, expresé que la reforma energética fue un triunfo “no menor” y eso inmediatamente me hizo merecedor de ataques en redes sociales y de dos comentarios aquí publicados, donde lectores me acusaba de “vendido” al gobierno, a pesar de que en la misma columna señalé que “Sin estado de derecho no habrá reforma que valga”, y dije que tiene que haber “colusión de diferentes niveles de gobierno municipal y estatal” en el contrabando de hierro desde el puerto de Lázaro Cárdenas, e importación de precursores químicos de China para metanfetaminas. El simple hecho de expresar una opinión a favor de algo que hizo bien el gobierno, necesariamente para mis críticos implica que me pagan por hablar bien. Esos críticos, o no leyeron el resto de la columna, o tienen dificultades de comprensión que les es difícil entender lo que leen.

El mismo trato han merecido Enrique Krauze y académicos como Duncan Wood, del Centro Internacional Woodrow Wilson en Washington, atacado por un columnista de La Jornada, entre infinidad de otros casos similares.

¿Acaso la única postura nacionalista y responsable es la disensión y la crítica de tiempo completo, sea ésta justificada o no? En mi opinión, sólo es constructiva aquella crítica también dispuesta a reconocer lo positivo.

En México seguimos creyendo que tenemos el peor gobierno posible, nadie más inepto que el presidente y su gabinete, nadie menos honesto; todo legislador es un ladrón. A nivel privado, todo empresario hizo su dinero transando o corrompiendo. En pleno siglo XXI seguimos pensando que los procesos de emprender o de enriquecerse son una especie de suma cero en la cual para que el rico tenga, le tuvo que haber quitado todo a muchos pobres.

Nada es más criticado en México que quien triunfa. Seguro, todo éxito implica compadrazgos, reglas sesgadas u otros favores. En otros países hay servidores públicos que tienen excelente imagen y empresarios que son admirados. No en México. El problema que esta actitud presenta es que nuestro país se ha quedado sin modelos. Quizá son sólo artistas, deportistas e incluso narcotraficantes quienes comandan cierta admiración. Esto condena a generaciones enteras de jóvenes a sentir desdén por la autoridad, a sentir que cualquier transgresión es justificada pues uno siempre es víctima de abuso. Se justifica incluso robarle al que tiene, pues seguro su dinero es mal habido y se benefició de algo.

Cuando prevalece una cultura así, estudiar o esforzarse pierde sentido.

Lo único que lo hace es el saber jugar dentro del sistema para sacar ventaja. México está cada vez más lejos de una cultura meritocrática donde el esfuerzo se premie y sea admirado. No existen incentivos para invertir, para emprender o para innovar, en buena parte porque la sociedad no está dispuesta a premiar a quien gana.

Tengamos cuidado. Es poco deseable vivir en una sociedad que busca igualdad a partir de mediocridad generalizada. Por lo que a mí respecta, felicito al presidente Peña Nieto por la portada de la revista Time, decenas de mandatarios de todo el mundo desearían recibir ese honor. Ahora, hay que acallar a críticos profundizando reformas, construyendo un estado de derecho y generando crecimiento económico.

Y no, nadie me ha pagado por decir esto.