Opinión

En lo que fueron a parar

 
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Las fusión de Nextel, Iusacell y AT&T anunciada a principios de septiembre pasado, la irrupción de Izzi en servicios convergentes, y ahora, el anuncio de fusión de Axtel y Alestra-Avantel, son parte de la dinámica acelerada de reconfiguración del mercado de telecomunicaciones que se observa en México.

El mercado cambia porque han cambiado las leyes.

El cambio de fondo, el origen del problema, viene con la regulación que se pretende hacer efectiva sobre el preponderante en servicios de telecomunicaciones, América Móvil, que integra a Telmex y Telcel, y que cuenta con una participación superior a 70 por ciento de los accesos a la redes (así como de los ingresos totales del sector).

El reto en México es profundizar mayores condiciones de competencia efectiva.

Esta reconfiguración no debe verse por servicios sino bajo la visión convergente que estableció la reforma constitucional de telecomunicaciones y radiodifusión de 2013. Sólo así se entiende la evolución que estamos viviendo.

Si seguimos pensando en ver al sector de las telecomunicaciones como la suma de diversos servicios, independientes y sin conexión entre sí, corremos el riesgo de imponer innecesarias cargas regulatorias y provocar el debilitamiento de la competencia y las inversiones.

Por ejemplo, de acuerdo con The Competitive Intelligence Unit, las inversiones de la televisión de paga en México crecen en promedio 30 por ciento, mientras que las de servicios móviles alcanzan 10 por ciento y las de servicios fijos decrecen. La explicación es muy sencilla: la realidad no está fraccionada por servicios, la realidad atiende ya a la convergencia, al ancho de banda que se ofrece a los usuarios. Ello ha movido a los operadores de televisión de paga a redefinirse como prestadores de servicios convergentes que ofrecen video, datos y voz.

Hace 20 años la presión competitiva era prácticamente inexistente. El conjunto de las empresas que a mediados de los noventa iban a competir a Telmex acabaron por fusionarse en una sola empresa. En aquel entonces, Alestra, Avantel y Axtel creyeron en el cambio legislativo de 1995, hicieron inversiones importantes y se atrevieron a tratar de competir con el operador dominante.

El resultado fue casi catastrófico para los accionistas de las tres empresas; con la fusión de Alestra y Axtel solamente existirá una de las tres empresas de los años 90 (Avantel ya se había fusionado con Alestra hace tres años). Lo peor del caso es que las tres empresas juntas, por el nivel de sus ventas (16 mil millones de pesos), al día de hoy alcanzan poco más de 5.0 por ciento de Telmex-Telcel (185 mil millones).

Todos juntos, los pretendidos competidores más importantes de Telmex-Telcel, en 20 años apenas le arrebataron al preponderante una vigésima parte del mercado. Un caso de estudio, lamentable. Hoy la industria nuevamente confía en la ley, en una visión convergente de servicios, y en una regulación eficaz sobre el operador que cada día es más preponderante.

La industria vuelve a creer en la competencia, un poco a ciegas, no sólo por el tamaño del operador (75 por ciento del total del mercado) sino porque falta ver los resultados y efectividad de la tarifa cero de interconexión, de las medidas de desagregación y de la compartición de infraestructura impuestas al preponderante, el resultado de las estrategias de América Móvil para escapar de las medidas de preponderancia, y lo relativo a seguir justificando su participación en los servicios de televisión que tiene vedados. La fusión de Axtel y Alestra significa una renovación en la confianza de que existen garantías y condiciones suficientes para competir. Son un voto de confianza en el IFT. Todo apunta a que continuará la fusión de operadores y a la convergencia de servicios, al fortalecimiento de quienes tratan de competir con el preponderante. Pretender debilitar a los competidores o dividirlos quizá no sólo sea ingenuo sino incluso perverso.

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