Opinión

¡En la torre!

11 febrero 2016 5:0
 
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Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. (Archivo)

Uno. Hablo de los 60. Mi formación jurídica me adiestró en lo que toca a la filosofía del Derecho, la Constitución, el Estado, las garantías individuales a las que México agregó las sociales, el sistema de representación de partidos (bueno, entonces sólo dos, el PRI hegemónico y un PAN en la brega casi mística del voto).

Recuerdo, entre los profesores, a Mario de la Cueva, César Sepúlveda, Rojina Villegas, Manzanilla Sheafer, Fernando Tena y a un recién desempacado de Francia, Manuel Bartlett. Fuera de las aulas, al gran penalista Manuel Rivera Silva.

Dos. Me limito ahora a la Constitución de 1917, al Estado y al sistema de partidos; especies hoy por hoy en vías de extinción. Diré porqué.

Tres. La crónica del Constituyente de Querétaro tenía visos de épica.

Procedía de dos oleadas revolucionarias, la de 1910-1914 y la de 1914-1917. Lo que vendría después, sería la construcción del Nuevo Estado Revolucionario que tuvo cuerda hasta 1940. En salto dialéctico restó abstracción al texto liberal de 1857 y plasmó una agenda social con temas concretos como el subsuelo, el campo, el trabajo, la educación; todo en términos justicieros y populares.

Cuatro. Con todo y los matices revolucionarios, el Estado seguía siendo el Estado Moderno, con atributos de soberanía, población, territorio y acción penal.

Imprescriptible e innegociable la soberanía. La población, nacional, mexicana; por nacimiento o naturalización. El territorio, prenda también imprescriptible e innegociable, vigilado por aire, mar y tierra. La acción penal como solución pública al privado ojo por ojo y diente por diente.

Cinco. En cuando al sistema de representación, su real inexistencia no restaba el sentido mismo de la lucha electoral, sus tiempos. Concluida la contienda, ocupaba su lugar el gobierno, cosa de estadistas. Hasta el próximo agarrón. Pues bien, lo supradicho o se ha ido al catre o está a punto de irse.

Seis. Hoy por hoy, términos como Constituyente y Constitución se vacían, pierden sentido con eso de que la Ciudad de México es ahora CDMX, ya no somos Distrito Federal pero sí sede de los Poderes Federales, se elaborará una Constitución capitalina que plasmará libertades y derechos ya existentes, gastamos saliva en el patronímico futuro (yo propongo IMECAS, para que no se nos olvide la polución que día a día nos devora) y en las listas se juntan sobre-representación, seriedad y franca frivolidad.

Siete. Más que “fallido” el Estado Mexicano semeja rama de la ficción.

La soberanía coquetea con una globalización que esconde hegemonías imperiales, el territorio lo disputa la delincuencia, la población se toma selfies en vez de dosis de identidad nacional, la “acción directa” tienta por igual a la sociedad que al Estado (Iguala, Guerrero Mártir; Tierra Blanca, Veracruz Mártir).

Ocho. Los partidos políticos no descansan. No sólo nos asestan la palabrería lacrimosa y autocomplaciente de sus líderes, sino que se constituyen en casas de campaña electoral permanente. Si ganan, ¿a qué horas gobiernan? Si pierden, ¿a qué hora asumen el papel de dialéctica oposición?

Nueve. Hete aquí el hilo de la madeja. Celebración del primer centenario del constitucionalismo revolucionario, constitucionalismo cedemexica, gestión pública, reacomodos en las trincheras partidarias, maniobran en una sola dirección. La Grande. La Silla. Las elecciones presidenciales de 2018.

Diez. Y aquí, en la Ciudad de México, la que fuera la Gran Tenochtitlán, prodigio urbano (vialidad, basura, suministro de agua, provisiones, arquitectura, ornato) ya nos acostumbraremos a no ser y ser al mismo tiempo Distrito Federal y a que el entero territorio del Distrito Federal que no es pero sí (campo, ríos, montañas, ribazos) se llame ¡Ciudad de México!

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