Opinión

En la revolución digital, México debe ser protagonista

La frase “todo tiempo pasado fue mejor” expresa nostalgia, pero también poco realismo. Si analizamos la historia del ser humano, durante los primeros 25 mil años el desarrollo fue lento y paulatino aún en épocas como la Edad de los Metales o el Renacimiento. El antropólogo Ian Morris hace la reflexión en el libro Por Qué el Occidente Manda–Por Ahora, midiendo variables como la posibilidad que tiene una colectividad de dominar su entorno físico o intelectual. Él concluye que Incluso la invención de la escritura, el desarrollo de la agricultura y otras disrupciones importantes ni remotamente lograron un impacto comparable al que tuvo la Revolución Industrial y particularmente el desarrollo de la máquina de vapor que permitió un salto en el progreso de la humanidad a partir de 1776.

En el estupendo libro The Second Machine Age (la segunda era de las máquinas), Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, directores del Centro de Negocios Digitales del prestigioso Massachusetts Institute of Technology, hacen un valioso paralelo entre ese momento, y el desarrollo de la computadora personal a mediados de los ochenta.

Como ellos dicen, el impacto de aquel descubrimiento a fines del siglo XVIII se sintió décadas más tarde, una vez que fueron surgiendo usos de la máquina de vapor para aplicaciones desde transporte hasta procesos de producción. Ahora ocurre lo mismo. En los últimos treinta años se ha incrementado exponencialmente el poder de las primeras computadoras y sus aplicaciones. Un iPhone hoy es infinitamente más poderoso que las computadoras que llevaron a la nave Apollo a la luna, por ejemplo.

Pero, lo que hará más trascendente a esta revolución que a la pasada es el hecho de que aquella sustituyó a la fuerza humana o animal, y ésta sustituye procesos cognitivos humanos. No sólo circulan ya en las carreteras automóviles que se manejan solos, sino que también hay computadoras que diagnostican enfermedades, que identifican instantáneamente la cara de un individuo de entre un millón para temas de seguridad, o que preparan declaraciones de impuestos con gran exactitud. Cuando una computadora realiza tareas cognitivas tiene una enorme ventaja, pues puede incorporar más información, trabajar más rápido, hacerlo todo el día sin cansarse y sin cometer errores “humanos”.

El uso de inteligencia artificial crecerá exponencialmente en los próximos años, y su costo se reducirá al mismo ritmo.

Según el análisis de Brynjolfsson y McAfee, la revolución digital en la que estamos inmersos tendrá un efecto muy positivo sobre el bienestar de la humanidad. Será posible incrementar el acceso a educación de calidad aun en sitios remotos. Se podrá obtener mucho mayor producción a partir de menos insumos. Pero, también se podrían generar ejércitos de desocupados, pues si bien se incrementará la rentabilidad del capital, simultáneamente se dificultará el acceso a salarios dignos para quienes no tengan habilidades mercadeables. La diferencia entre ricos y pobres seguirá creciendo, y con ésta aumentará el peligro que proviene de movimientos políticos populistas que busquen soluciones mágicas, o que recurran a políticas redistributivas absurdas. Esto a pesar de que quizá el nivel de vida de los pobres mejorará drásticamente.

Este panorama no es de ciencia ficción, es real. La pregunta a hacernos es cómo puede un país de ingreso medio como México participar en ese desarrollo de soluciones y aplicaciones tecnológicas que está por explotar. MIT, la universidad que antes mencioné, realizó casi 700 “inventos” en 2012, solicitó 305 patentes, obtuvo 81 licencias y generó 16 empresas que recibieron al menos medio millón de dólares de capital de riesgo. ¿Cómo compite México con esta “pequeña” universidad de apenas 11 mil estudiantes, pero que ha tenido 80 premios Nobel entre sus graduados y profesores?

En mi opinión, es indispensable que como país consideremos la posibilidad de invertir estratégicamente en empresas de tecnología que están apenas empezando. Las grandes empresas que generarán las aplicaciones dominantes de inteligencia artificial de las próximas décadas están hoy saliendo de las universidades estadounidenses, principalmente, y están abiertas a recibir inversión de donde sea. Si medimos el mercado total de capital de riesgo invertido en 2012, por ejemplo, éste asciende a alrededor de 20 mil millones de dólares, sólo un tercio de éste fue para empresas nuevas.

México debería, como país, participar en éste. Se podría formar una entidad ágil compuesta de científicos y de expertos internacionales encargados de elegir inversiones estratégicas viables que tengan el potencial de ser realmente disruptivas. Haciéndolo bien, se podría incluso obtener una alta rentabilidad que al irse reinvirtiendo pudiera permitir participación relevante en empresas dominantes. Nos permitiría ser dueños de algunas tecnologías, y dejar de ver los toros desde la barrera. Esto nos abriría posibilidades infinitas en términos de comercialización, producción, regalías, etcétera.

Esto no quiere decir que México no deba desarrollar sus propias empresas o impulsar una cultura de emprendedores. Pero, es importante ser realistas y darnos cuenta de que estamos a años luz de competir con quienes hoy están generando tecnología de punta, y esto es más importante que nunca, reconociendo que estamos viviendo una coyuntura histórica en la cual la revolución digital está apenas despegando. Algunos países serán los dueños de la tecnología, otros simplemente pagarán por ser usuarios de los productos y servicios ofrecidos. Quizá habría que intentar estar entre los primeros.