Opinión

En la encrucijada

 
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Según EL FINANCIERO en su edición del lunes, el presidente Peña en su mensaje político del sábado pasado nos planteó una encrucijada: “La disyuntiva es muy clara, seguir construyendo para hacer de México una de las potencias del siglo XXI o ceder a un modelo del pasado, que ya ha fracasado”. No es un misterio de qué “modelo” que además “ya ha fracasado” nos habla el presidente. Lo que sí es un error, no sólo discursivo, es tratar una vez más, como lo han hecho no pocos de sus antecesores, de reescribir la historia para su beneficio y el de su proyecto.

En la historia del desarrollo mexicano no se encuentran muchos modelos. Uno fue el que echó a andar el gobierno del presidente Cárdenas con sus reformas estructurales redistributivas de riqueza e ingreso y de afirmación del dominio eminente de la nación sobre sus recursos naturales.

Pronto todo cambió, en la política y en las visiones de los gobernantes en relación con sus vínculos y compromisos con las clases mayoritarias, pero no la dirección fundamental de lo que Cárdenas hizo.

La industrialización dirigida por el Estado, sustentada en un nuevo esquema de relaciones sociales del Estado con el capital y de éste con las franjas proletarias, dio lugar a una economía mixta que a lo largo de la segunda posguerra se convertiría en forma principal del desarrollo capitalista a escala mundial; no es dato menor ni ocurrencia discursiva.

Mal que bien, el país se desenrolló, como dijera el poeta Paz, y la infraestructura construida es en buena medida sobre la que nos movemos, cultivamos y comerciamos. También es la que sostiene las grandes y pequeñas tareas por la salud y, como ocurre con el complejo automotor, también ha servido de base para los lanzamientos más exitosos del nuevo 'modelo'. Mal que bien.

El otro 'modelo' es el que se implantó a partir de 1985, cuando los grupos dirigentes del Estado y las cúpulas del empresariado decidieron que aquella forma de desarrollo había caducado y que había que sustituirla por otra, más cercana y familiar con lo que Reagan y Thatcher habían desatado en sus respectivos países y pronto a nivel mundial.

De lo que se trataba: una economía abierta y de mercado que abriera las puertas a una inserción tersa y pronta del país en y con los nuevos mundos de la globalización que emergían del fin de la Guerra Fría, el desplome del comunismo soviético y las propias crisis capitalistas de los años setenta (la stagflation, el vuelco del mercado petrolero y el fin de la energía barata, el 'conflicto estructural' planteado por el Tercer Mundo, etcétera).

La industrialización dirigida por el Estado fue víctima de sus propios éxitos, que dieron lugar a inercias e intereses creados y que desembocaron en la erección de diques a todo cambio gradual en las estructuras productivas y económicas en general.

Uno de estos diques fue la oposición tajante de las elites de la riqueza a toda reforma fiscal de tinte redistributivo, pero también la negativa persistente a revisar el proteccionismo, por parte de grandes franjas de los industriales, entonces ya asociados con el capital internacional para formar la alliance for profits de que nos hablara Roger Hansen al final de los años sesenta.

El resultado de estos bloqueos fue un crecimiento económico dependiente del endeudamiento externo y un debilitamiento del formato de la economía mixta y de su soporte principal, el sector público y sus empresas productivas, fundamentales para más de un equilibrio, como lo enseñan las historias de Pemex, CFE y la minería administrada por el Estado, junto con la miríada de emprendimientos en el campo de la industria básica productora de bienes de producción y capital.

Abusos del Estado sin duda los hubo, pero qué duda cabe que el petate del muerto de la ineficiencia estatal ha tenido muchos usos, entre otros cobijar la renuencia del capital a cooperar mediante el fisco, que nunca dejó de contar con diligentes asociados en las secretarías de Estado pertinentes, en especial los 'abogados de Hacienda' y sus socios asociados en sociedad en el sector privado.

Y así, para recordar los términos de Carlos Tello, se comieron ‘la gallina de los huevos de oro’. Sin más soporte que la presión estadounidense para realizar un cambio radical y la siempre lista actividad persuasiva de los organismos financieros internacionales.

Por lo demás, el mundo cambiaba con celeridad y los capitales internacionales considerados como primordiales para sostener tal cambio de estructuras parecían fascinados por los recién 'liberados' países del Este. Y así, se procedió a firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos de América y Canadá, el primer acuerdo de esa especie entre un país en desarrollo y con graves problemas financieros y sociales y dos naciones desarrolladas y triunfadoras en la gran contienda mundial que marcó la mitad del siglo XX.

De la geopolítica nos movimos sin mediaciones a la geoeconomía; hemos presenciado y muchos han vivido, formas de integración regional un tanto insólitas: la industria automotriz y la electrónica y antes la confección y la maquila en general, multiplicaron las exportaciones manufactureras y el espectro de la monoexportación de crudo fue exorcizado. También, desde luego, la gran migración de fin de siglo y principios del actual.

Lo que no hemos tenido, conviene recordar que ya han pasado treinta años, ha sido crecimiento alto y sostenido como antes. Nos hemos liberado del yugo de la deuda y los déficits externos inmanejables, pero no hemos gozado de lapsos significativos de bienestar para la mayoría; en cambio, la riqueza y el ingreso hoy están más concentrados que al final del modelo anterior.

Por ello es que no deja de ser curioso, por decirlo de algún modo, el calificativo de fracaso del modelo anterior frente al actual. Pero, si en efecto queremos ir al resto del siglo XXI en pos de una nueva grandeza mexicana, más nos valdría no distorsionar la historia reciente con fines de puja electoral. El pasado no vuelve, pero puede enseñar. Y de esas lecciones hasta pueden rescatarse prácticas y activos valiosos y actuales.

Al país le urge revisar con seriedad lo que se ha hecho y lo dejado de hacer. Sólo de esta manera es que encontraremos lecciones y realizaciones útiles para acometer, de nuevo, nuestra entrada al primer mundo. 

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