Opinión

En la economía, no ocurren milagros

13 noviembre 2013 5:2

 
¿No quisiera usted que un buen día por la mañana se despertara y tuviera un mejor trabajo que le duplicara sus ingresos?
 
¿No quisiera también que esos kilitos de más que no ha podido bajar, desaparecieran milagrosamente?
 
 
O bien, ¿que la Selección Mexicana de futbol ya hubiera calificado al Mundial, sin ningún problema?
 
 
Aun cuando seamos adultos, una parte de nuestro pensamiento mantiene una visión mágica, como cuando éramos niños. Por eso clavamos cuchillos en el suelo cuando queremos que la lluvia no nos vaya a aguar la fiesta o usamos ese atuendo que sentimos que nos trae buena suerte.
 
 
Esa visión no sólo es individual. Frecuentemente las sociedades también seguimos con nuestro pensamiento mágico.
 
Queremos los beneficios sin los costos. Quisiéramos un Estado que tuviera cuerpos de seguridad que nos cuidaran realmente, pero no estamos dispuestos a pagar los salarios y el equipamiento que harían de los organismos de seguridad cuerpos profesionales.
 
 
Deseamos que la educación sea mejor de manera inmediata, pero no nos damos cuenta que hay que formar a profesores nuevos y eso va a tardar.
 
 
Los funcionarios públicos quisieran que la sociedad aceptara pagar más impuestos pero sin necesidad de rendir cuentas.
 
 
Los partidos quisieran que los ciudadanos creyéramos de nuevo en ellos simplemente porque nos lo dicen, sin asumir las razones de su pérdida crónica de credibilidad.
 
 
Como sociedad, quisiéramos que en muy poco tiempo ocurrieran cambios milagrosos.
 
 
Que las reformas remedien mañana todos nuestros problemas o que el Presupuesto del próximo año haga crecer a la economía a pesar de que no hemos hecho ningún cambio real para que eso suceda.
 
 
En la vida real no hay atajos y no suceden milagros. En economía, la palabra “milagro” es buena como metáfora, nada más.
 
 
Los resultados favorables de una empresa se obtienen regularmente por talento, trabajo, disciplina y de vez en vez, una cierta dosis de suerte.
 
 
Si queremos construir una economía que recupere la capacidad de crecer y al mismo tiempo permita una sociedad más justa y democrática, no podemos apostar a los atajos.
 
 
Uno de los factores determinantes es construir instituciones sólidas y eficaces.
 
 
Eso lleva tiempo, a veces mucho. Pero no hay de otra.
 
 
Otro de los aspectos esenciales es la educación. Cuando se hacen cambios en el sistema educativo para mejorarlo en calidad y cobertura, los resultados realmente importantes se cosechan en el largo plazo.
 
 
Uno de los pensamientos mágicos que persisten en nuestra sociedad es la creencia de que cada sexenio es la oportunidad de cambiar al país.
 
 
Cada cambio de gobierno, según la inclinación ideológica de cada quien, se tiene la esperanza de que al término del ciclo sexenal, el país sea otro.
 
 
Otra visión que poco tiene que ver con la realidad es la percepción de que con cambiar las leyes es suficiente.
 
 
Las famosas reformas casi siempre tienen que ver con modificaciones legales, que son formales pero que muchas veces no cambian la cultura de las personas que funcionan con ese marco legal.
 
 
Si tuviéramos la mirada puesta en lo importante, en lo que vamos a ser a la vuelta de una generación, seguramente le pondríamos énfasis a los temas que tienen que ver con ese horizonte.
 
 
Pero casi siempre buscamos el corto plazo. Nos preocupa el resultado inmediato sin percibir que a veces –paradójicamente- nos tiene que ir mal en algún momento para que nos vaya bien en muchos otros.
 
 
Hay que padecer los dolores de la dieta para luego disfrutar la sensación de estar en el peso ideal.
 
 
Ni la reforma hacendaria va a resolver la falta de recursos del Estado si se gasta como hasta ahora. Ni la reforma energética va a bajar el precio de la luz.
 
 
Las reformas se necesitan, pero apenas son el principio, no el final.
 
 
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