Opinión

En Europa, voces serias ahogan a las sensatas

Acabo de terminar de escribir una crítica del nuevo libro de Tim Geithner, “Stress Test”. Una cosa que no mencioné en ella fue algo sorprendente y refrescante: ¡El Sr. Geithner se burla del síndrome de Simpson-Bowles!

“Hubo muy buenas políticas en Simpson-Bowles”, escribe, “incluyendo recortes a subsidios agrícolas despilfarradores y mayor gasto en infraestructura para impulsar el crecimiento, pero los recortes a los beneficios y las reformas fiscales fueron bastante agresivos y los ahorros del sistema de salud muy modestos. No obstante, el plan obtendría un estatus mítico entre las élites de Washington como símbolo de noble seriedad bipartidista”.

Efectivamente. Y esto me lleva a otro pensamiento: conozco un lugar donde la noble seriedad bipartidista verdaderamente gobierna, donde los grandes y los buenos se juntan para formar consenso sobre lo que debe hacerse, y entonces se informa al público sobre lo que apoyará. Se llama Europa, y no está funcionando muy bien.

Hay que reconocer que en Estados Unidos también tenemos nuestros problemas, principalmente el hecho de que gente loca tiene poder de bloqueo de facto sobre la política.

Pero existe esta cosa notable en Europa, donde las voces críticas simplemente no se escuchan. El economista Lars Svensson puede pasar años señalando que el Riksbank la está pifiando, y nadie escucha para nada hasta que interviene alguien de afuera. Todo economista con una pizca de sentido está aterrorizado con la caída de la eurozona hacia la deflación, pero los ortodoxos se muestran sorprendidos de escuchar que sea un problema.

Es cierto que a veces sí necesitamos que la gente se junte para hacer lo correcto, pero durante los últimos años ha sido una regla que cuando gente importante alcanza consenso sobre algo, está completamente equivocada.