Opinión

En el peor momento

 
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Qué bueno que el secretario Meade haya advertido lo reducido del “espacio fiscal” y la consecuente inviabilidad de una reducción impositiva en México para recuperar competitividad frente a una hipotética revisión a la baja del régimen impositivo estadounidense, porque la alharaca desatada por los lobos de Santa Fe, émulos ridículos de los lobos de Wall Street, estaba deviniendo fiebre ominosa en el peor de los momentos imaginables.

Eso de la competitividad es tema esquivo y suele ser objetivo engañoso. Sabemos cuan veleidosa puede ser una ventaja competitiva basada únicamente en salarios bajos. También tenemos suficiente información que desmiente el discurso parroquial de nuestros lobos sobre las “bondades” de regímenes fiscales de bajos impuestos a los ingresos elevados y al capital, sobre todo cuando el régimen no está inscrito en un programa mayor de política industrial y de fomento a la diversificación industrial.

Más sabemos, aunque no estemos dispuestos a asumir, que el Estado mexicano es fiscalmente pobre y, en los tiempos recientes y lúgubres, que sus capacidades institucionales y administrativas para fomentar el crecimiento y la innovación productivos están agotados pero, sobre todo, que es incompetente para proveer seguridad personal y pública a la ciudadanía y otorgar alguna certidumbre a los jugadores de la economía. Incapaz de honrar el mandato constitucional en materia de respeto y protección a los derechos humanos que recién en 2011 acordamos.

Trump y sus desenfrenos nos han puesto cara a cara con esas y otras debilidades de nuestro edificio estatal. Sin mayor trámite, hemos tenido que admitir que los arduos trabajos y días que tenemos por delante reclaman de más y mejor Estado, no de uno rebajado y disminuido en sus medios de acción e instrumentos de encauzamiento del conflicto, de modulación y promoción de nuestros muy soterrados animal spirits.

“Jibarizar” el Estado, como le llamara Fernando Fajnzylber, además de nefasta conseja puede tornarse destructiva práctica política y social.

La competitividad profunda, nada o poco epidérmica a la que tanto temía nuestro recordado amigo, sólo se supera con un Estado reformado. Su propia legitimidad, alcanzada gracias a su reforma, será la que permita definir y volver realidad el tamaño, densidad y alcances del Estado que nos urge tener en esta coyuntura infausta.

La estrechez del “espacio fiscal”, que señala ahora el secretario Meade, debe llevarnos a recuperar el crecimiento económico y a revivir una reforma tributaria a la que inopinadamente renunció el gobierno. De hecho, cuanto antes debería volverse una reforma hacendaria que habilite al Estado para recaudar con eficacia y gastar con efectividad y transparencia.

Nada qué ver lo anterior con las supercherías lobeznas, que mal recitan y peor entienden a Reagan (“el Estado es el problema”), sin caer en cuenta de que en ese afán “libertario” serruchan el piso sobre el que están parados. Y, de paso, merman todavía más los cimientos de la casa común.

No podría haberse escogido peor momento para desatar la más nociva de las reformas tributarias imaginables. El “famoso espacio” debería servir para reconocer que sólo podrá ensancharse si, hay que subrayar la condición indispensable, la economía crece. Lo mismo debe ocurrir con la deuda convertida en enemigo: si no hay crecimiento es imposible que la deuda disminuya y los recortes, entonces, sólo servirán para talar la vida útil del régimen y, por si hiciera falta, de nuestra vapuleada república.

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