Opinión

En el nombre de Lázaro Cárdenas…

10 febrero 2014 5:7 Última actualización 23 agosto 2013 5:27

 
Helena Varela Guinot
 
 

Cumplida una semana desde que Presidencia de la República presentó su iniciativa de reforma energética –que se suma a la propuesta panista y al anuncio de la perredista–, los medios de comunicación han estado plagados de noticias y artículos de opinión para todos los gustos y colores. Viendo semejante bombardeo de declaraciones, pareciera que el debate está servido. Y no es para menos, dado el estado precario en el que se encuentra el sector energético en nuestro país, y la necesidad de abordar una reforma profunda del mismo, que pudiera hacer frente a la crisis que enfrentamos con la caída en las reservas petroleras.
 
 

Sin embargo, la propuesta de reforma energética está dejando muchos temas a deber, con la excusa de que estos se atenderán en la legislación secundaria. Cuestiones como la estructura organizacional de Pemex, el régimen fiscal de la paraestatal, la relación con el sindicato o el problema de la corrupción se han quedado en un segundo término, y la discusión se ha reducido, al final del día, a si se está privatizando o no el petróleo.
 
 

Un debate de estas características nos aleja de un análisis profundo sobre las necesidades del sector energético o sobre cuáles son las mejores opciones para enfrentar el futuro. Por el contrario, nos lleva a un terreno mucho más pantanoso, en donde los argumentos esgrimidos tocan fibras sensibles que refieren al discurso nacionalista que se fue construyendo a raíz de la expropiación petrolera.
 
 

Enrique Peña Nieto, consciente de que en ocasiones anteriores los intentos de reforma energética quedaron frustrados porque perdieron la batalla en ese ámbito, se adelantó y recurrió nada más y nada menos que a la figura del mítico Lázaro Cárdenas, para justificar la pertinencia de su propuesta. Reconociendo el espíritu “modernizador, visionario y pragmático” del general, el gobierno se apropia de una figura simbólica y emblemática, robando a la izquierda y a los sectores más reacios a la entrada de capital privado la bandera y los argumentos para sostener su rechazo a la reforma. Con ello, se adelanta a la oposición para, en el nombre de Lázaro Cárdenas, lograr el respaldo ciudadano que legitime una reforma cuya aprobación en el Congreso, dada la distribución de fuerzas, es más que probable.
 
 

Esta estrategia la ha complementado con el despliegue de una intensa campaña para convencer a la ciudadanía de las bondades de la reforma. Con el lema “Toda nuestra energía para mover a México”, se inundó el espacio mediático con dos mensajes dominantes –“no a la privatización”, “sí a la reforma energética”– con los que pretende ganar la partida a quienes se oponen a su iniciativa.
 
 

No obstante, a estas alturas no puede decirse que el tema está zanjado. Es cierto que no tendrá grandes dificultades para su aprobación en el poder legislativo, pero todavía está pendiente ver qué ocurre con los sectores contrarios a la reforma. Morena ya ha convocado para el 8 de septiembre a una movilización pacífica encabezada por López Obrador, uno de cuyos objetivos es “defender el petróleo para la nación”. Será interesante ver la capacidad de convocatoria que tiene el movimiento.
 
 

Más allá de las manifestaciones y declaraciones, el mayor error de la clase política sería quedarse en el terreno de una discusión que apela a los sentimientos, olvidándose de las cuestiones estructurales que tienen al sector energético sumido en una crisis. El capital privado no es ninguna garantía de que las cosas comenzarán a funcionar bien, pero tampoco podemos cerrarnos a posibles alternativas que impliquen su participación. Lo que realmente se requiere es un debate serio y profundo sobre qué es lo que más le conviene al país, no a los intereses particulares (sean cuales sean), sino al conjunto de la nación, para garantizar que los enormes recursos que se extraen del petróleo, realmente se dirijan al desarrollo de México, y a lograr reducir las enormes desigualdades existentes. De no darse este debate, de no hacer una revisión profunda de todos los cambios que se tienen que dar, más allá de las utilidades compartidas, y que nos refieren al régimen fiscal, a la estructura organizacional, al problema de la corrupción, o al papel del sindicato, nos podrán convencer de que Lázaro Cárdenas quería este tipo de reforma, pero ésta acabará sirviendo de bastante poco.