Opinión

En el lugar de los hechos

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba en una de las leyes tristes del periodismo: al final todo lo empaña el tiempo y da al olvido. Primeras planas, y luego segundas, y luego terceras y más tarde sólo el polvo gris del olvido. Aigoeeei, como ven a Gamés intenso y triste, emotivo y poético. Mju.

Una nube con estas ideas --bueno, es un decir-- se formó en la sesera de Gil cuando leyó el mejor de los retratos que ha leído en la prensa sobre algunos de los sobrevivientes del albergue La Gran Familia de Mamá Rosa, una noticia que hoy sabe a cosa del pasado. Blanche Petrich se tomó el trabajo de viajar, buscar, entrevistar a tres, cuatro, cinco víctimas de esa casa que, como escribió Garibay, ardía de noche.

El texto apareció publicado en su periódico La Jornada y Gamés no trepida (gran verbo) en afirmar que es lo mejor que se ha escrito sobre el asunto. Dice Blanche (ay, sí, ya muy amiguitos): “Ante la ley, los y las jóvenes que cumplen 18 años acceden a la mayoría de edad y a una vida autónoma. Es su derecho. No para Rosa Verduzco (…) quien decidía arbitrariamente seguir ejerciendo la custodia, incluso una falsa patria potestad, de los niños y niñas que tenía bajo su cargo por tiempo indefinido”.

Lo pasado ¿pisado?

Gil piensa (otro decir) que el trabajo periodístico de Blanche Petrich le ha devuelto al caso de Mamá Rosa una luz que no debe apagarse. Lo dicho: Gil viene hoy con lágrimas en los ojos y la poetry en las manos.

'E' llegó a la casa de Mamá Rosa después de ser violado por su patrón a los diez años: “me cambiaron de apellido, me pusieron Verduzco sin preguntarme. Apenas me pasaron al segundo patio me di cuenta que había caído en una cárcel”. Dice Petrich que dijo 'E': “conocí el pan bendito, que eran unos palos grandes, gruesos, para las palizas importantes". "Al año y medio --prosigue Petrich-- fue violado por un encargado, Vicente Félix". "Lo acuse con La Jefa y ella me dijo: ‘no te quejes, cabrón, si eres bien maricón’”.

Muy bonito todo, medita Gamés, en especial la mirada beatífica y la crítica sulfurosa del historiador Jean Meyer, quien comparó la toma de la casa de La Gran Familia con un acto nazi. Sumecha. Y dada la estatura intelectual de Meyer, que no es poca cosa, ¿no convendría que él afirmara que se equivocó? No, en el mar de los matices nadie se equivoca.

Y ya entrados en gastos, los escritores, periodistas e intelectuales que firmaron una carta a favor de Mamá Rosa, entre los que se cuentan amigos y figuras de la cultura que Gil pondera, ¿no deberían volver sobre sus pasos y repasar sus opiniones? Los periodistas deben volver a sus temas y sus asuntos, recapitular. ¿O no? En fon. Gil cree que quienes firmaron aquella carta se apresuraron y procedieron antes de saber qué rayos pasaba allá adentro. Una obviedad: nadie, ninguno de estos personajes, habría firmado esa defensa si hubiera leído la historia del niño golpeado que se cortaba los brazos con un cúter después de ser violado. ¿O sí?

Los delitos

Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco como si tuviera 102 años. Las cosas que ha traído Blanche Petrich de aquel infierno de niños y jóvenes forman una montaña de delitos que una parte de la opinión interpretó como un linchamiento. Y no vengan a decirle a Gamés la paparruchada de que los testimonios pueden ser falsos, porque simplemente no lo son, al contrario, de pronto el lector intuye que se quedan cortos.

Ay, nanis.

Noticia: parece existir un acuerdo en que es posible unirse al cubetazo con el ice buckett challenge, pero con Glenfiddich. Bien, nos vemos mañana, pero en público, o como sea.

La máxima de George Bernard Shaw espetó dentro del ático de las frases célebres: “El infierno está lleno de músicos aficionados”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX