Opinión

En el espejo

 
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Ricardo Anaya.

Por cabeza dura y corto de entendederas, Gil no se daba cuenta.

Ricardo Anaya parecía que no rompía un plato ni un platón, pero a la hora de la hora se apropió de los promocionales del PAN. Gil no quiere molestar a nadie, mju, pero Ricardo guardó sus juguetes en el cajón y se dedicó a aparecer en los spots de su partido.

Una de dos: o no tienen a quien promocionar, cosa muy posible, o Ricky no quiere dar a conocer a ningún panista que no sea él mismo. La verdad sea dicha (muletilla pagada por Morena), tanto se ha dicho de Liópez gastando todas las municiones que le otorga la ley electoral a Morena y Anaya va silbando por la loma de su vida y ganando spots para su persona. Caracho.

Ah, cuánta ambición, cuánto cálculo, cuánto desperdicio. Ahora mal: ¿si el PANG no tiene a un candidato visible, a quién le das los spots que les corresponden? A nadie, es decir a Ricardo Anaya. Pregunta: ¿no podrían dar y repartir? Unos anuncios para Margarita, otros para Roberto Gil y otros para el dirigente nacional? ¿No? Ah, entonces todo está claro: señoras y señores del PANG, no tenemos personajes de envergadura (no empiecen), nuestro partido entró en fase de agonía.

UN NUEVO ESCRITOR
Notición: Liópez escribió otro libro. Gil lo leyó en su periódico El Universal: ante miles de simpatizantes en el Monumento a la Revolución y acompañado por las historiadoras Romana Falcón y Raquel Sosa, Liópez le dio vuelo a la hilacha y presentó el libro titulado Catarino Erasmo Garza Rodríguez. ¿Revolucionario o bandido?

Oigan a Liópez, por piedad: “por eso escribo, porque quiero reivindicar este oficio que considero noble. A la política, ni los más sucios políticos la han podido manchar, para eso escribo, porque hay ahora una tendencia conservadora disfrazada de pluralidad, de no tomar partido, pero no se hace historia para transformar, que eso es lo que importa”.

Cómo lo oyen, no busquen la errata o la falta de continuidad. Liópez, ecrivain. Caracho, Gamés tiene serias dudas de que Liópez pueda expresarse por escrito con claridad, o sin claridad; si no puede hacerlo de forma oral, imaginen ustedes por la vía escrita. Un desastre.

Gil no leerá el libro de Liópez por la simple y sencilla razón de que no lee libros escritos por políticos. Ellos, los políticos, arruinan los libros, llámese Porfirio Muñoz Ledo, Carlos Salinas o Liópez. Oigan, dedíquense a su asunto, la política activa, no contaminen a la letra impresa con su proselitismo. Los libros, señores, son importantes; por favor, no escriban, por piedad: ¿no han entendido acaso que nadie lee sus mamotretos? ¿Y que cuando los leen, de casualidad, nadie les cree? En fon.

FERRARI
Gamés no daba crédito y cobranza: el Ferrari por aquí, el Ferrari por allá. Los escoltas del dueño de un Ferrari atacaron a un automovilista.

Ese señor resulta que acumula tres acusaciones por fraude. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: ¿por qué no está preso Alberto Sentíes Palacio, dueño del Ferrari rojo? El señor Sentíes es un pájaro de cuenta que ha defraudado a ahorradores y no sabemos por qué circulaba en completa libertad por una de las vías más vigiladas de la Ciudad de México.

Gilga se pregunta si seguirle la pista a un Ferrari rojo de placas exhibidas a la luz pública puede evadirse de los mandos de la ley.

Caracho, lo arrestan y se acabó la rabia. La información es desesperante: se persigue al señor Juan de las Pitas que ocasionó un daño y un abuso y una chingadera. ¿Se le puede arrestar o no? De verdad, si no se puede, todos a sus lugares de origen y ya veremos quién viene y pone la ley, ¿hay ley?

La máxima de Chateaubriand espetó dentro del ático de las frases célebres: Las instituciones pasan por tres periodos: el del servicio, el de los privilegios y el del abuso.

Gil s’en va.

Twitter:
 @GilGamesX

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