Opinión

En el Campo: Ganadores y perdedores del TLCAN

04 abril 2017 20:16
 
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TLCAN. (Especial)

Hace algunos días un artículo de Félix Vélez evaluaba el TLCAN como gran éxito para el sector primario, toda vez que las exportaciones han crecido a un ritmo real anual de 3.9% pasando de 3.68 a 14.74 miles de millones de dólares. También señalaba las ventajas de la especialización en producción de aguacate, berries y hortalizas, intensivas en mano de obra, que es nuestro factor abundante y la creación de empleo para mixtecos del sur.

Al firmar el TLCAN nunca se creyó que beneficiaría a todo el campo y un Acuerdo Comercial no es sustituto de la política pública. En estos veinte años observamos que el sector primario ha sido ganador en términos de valor de las exportaciones de un reducido empresas agroexportadoras pero en contraste los grandes perdedores son los millones de campesinos e indígenas que forman parte del saldo de productores abandonados, sufriendo pobreza, marginación y migración.

Los veinte años de TLCAN coinciden con los de mayor expulsión de migrantes a EUA, 500 mil por año de 1995 a 2005 casi una década ininterrumpida. ¿cuántos productores han sido realmente los beneficiarios de la apertura comercial más allá del valor de las exportaciones? En Michoacán, los exportadores no son los productores, sino las empresas trasnacionales norteamericanas que compran al productor a precios bajos, no pagan impuestos y obtienen las ganancias de la exportación. Lo mismo ocurre en el ramo de las berries, hortalizas, fructosa, etc. Al controlar la distribución y el comercio, los productores son simples proveedores que reciben la más baja porción del ingreso.

El mercado de insumos, hoy está monopolizado por grandes trasnacionales como Cargill, Monsanto, Pfizer, las cuales, además de recibir subsidios del gobierno mexicano, tienen la anuencia del gobierno mexicano para controlar el mercado. Lo mismo ocurre en el mercado de alimentos, hoy por hoy, controlado por trasnacionales como Walmart o Kellogg, en donde los consumidores no se benefician de precios más bajos, menos aún porque importamos más alimentos de los que producimos, por lo que el tipo de cambio más depreciado implica que consumimos alimentos mucho más caros.

Son los años en los que la política alimentaria del país también perdió y con altos costos para la salud pública, ya que pasamos de la nada, a ser el país número uno en obesidad, cáncer, hipertensión y diabetes mellitus. Nada gratuito, toda vez que el mercado alimentario se inundó de alimentos procesados norteamericanos, ricos en harinas y azúcares refinadas, grasas saturadas, sodio y conservadores, que cambiaron la dieta de los mexicanos, sin restricciones y sin regulación por parte de las autoridades.

Cierto que se ha generado un mercado laboral para jornaleros agrícolas en el norte del país, sin embargo, esto no puede ser catalogado como un éxito del TLCAN, toda vez que millones de jornaleros agrícolas emigran con familias, ancianos, niños y mujeres embarazadas para trabajar como semi-esclavos en los campos de Sinaloa, Baja California Sur, Sonora, Jalisco, subsistiendo en las condiciones más insalubres, sin hogar, sin seguridad social, sin acceso a educación y servicios médicos, con un jornal de subsistencia para subsistir durante seis meses, mientras que los otros seis meses del año regresan a sus comunidades en la Sierra Mixteca, Triqui, la Montaña de Guerrero a sembrar la milpa y subsistir con los apoyos Prospera. Los jornaleros agrícolas son los pobres entre los pobres y en ningún sentido son ganadores del mercado laboral creado por el TLCAN.

Quizá estos mixtecos, zapotecos, otomíes y nahuas podrían estar exportando café, frijol, maíz, hortaliza, frutales, artesanías, entre otros, si tanto el TLCAN, como la política pública, no los hubieran abandonado por más de dos décadas.

Existe una visión de economía neoclásica sobre la cual, la mayoría del campo mexicano no es competitivo, no es rentable y no es viable, por estar basado en el minifundio, por estar habitado por población indígena sin “skills”, por ser agricultura campesina incapaz de generar economías de escala. Bajo estos parámetros no queda más opción que ponerse un revólver en la sien. No obstante, hay 27.4 millones de personas en el campo, 3.3 millones más que en 1995 cuando entró en vigor el tratado comercial, así que algo se tiene que poder hacer además de mantenerlos a nivel de subsistencia con transferencias como Prospera y remesas del exterior.

La combinación desafortunada de una visión neoclásica, el secuestro de SAGARPA por trasnacionales norteamericanas y gobiernos federales que han dejado sin inversión en infraestructura de comunicaciones y riego, sin inversión en activos, sin apoyos a la comercialización y sin transferencia de tecnología han hecho que menos del 10% de productores puedan participar en este mercado libre, mientras que 17 millones de personas en el medio rural viven en pobreza y 9 millones en pobreza alimentaria.

Por ello, si veinte años no fueron exitosos para la mayoría de los habitantes del campo, una renegociación del TLCAN no puede estar en manos de los mismos negociadores y bajo los mismos parámetros. El mundo cambió y México también. Hace veinte años la meta era producir grandes volúmenes, sin criterios ambientales y explotando la única ventaja comparativa como bien lo dijo Félix Vélez: la mano de obra barata y abundante.

Hoy día, el cambio climático, la pobreza alimentaria junto con la alta volatilidad de los mercados de alimentos conminan, incluso señalado por la FAO, a una producción resiliente, basada en cambio tecnológico, energía limpia, orgánica y saludable, en donde la pequeña y mediana agricultura tienen un papel mucho más importante, que la producción de tipo revolución verde.

En esta posible segunda ronda de TLCAN, la ventaja comparativa de México no puede seguir siendo una mano de obra barata a nivel de subsistencia y los parámetros para que las trasnacionales puedan competir por este mercado deben cambiar, en términos de contenidos nacionales, políticas laborales, políticas ambientales y nivel salarial, formación de capital humano, sustentabilidad ambiental, transferencia de tecnología y medición de riesgos para la salud en los alimentos que se ofrecen a los consumidores mexicanos. Finalmente, incluir la libre circulación del trabajo en américa del norte seria, ese si, un gran triunfo para el campo mexicano.

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