Opinión

En cada corazón, un capullo por cada víctima: David y José Alfredo Páramo


 
A David Páramo. A José Alfredo Páramo. 
 
Imagino que todos los padres y madres, creyentes y no creyentes, compartimos una íntima petición a Dios o a la vida: morir antes que mis hijos y cuando ya no me necesiten.
 
Debiera haber una ley universal que lo garantizara, una norma suprema, un principio inalterable.
 
Debería ser así por siempre, sin excepción, a contracorriente de lo que dicta la Historia de todos y la historia de cada uno, a pesar de lógicas fatalistas, por encima de lo que afirman los hechos.
 
Que la vida lleve en sí misma a la muerte no es tan grave. Una vida eterna en el mundo sería una carga demasiado pesada. Tras cierto tiempo, morir debe de ser alivio.
 
Pero que el ser humano lleve en su mano la posibilidad de acabar con la vida de otro es un error, una equivocación del orden. Cuál orden, se dirá, si el caos es la norma, y en tal caso los alcances del hombre deben ser imprevisibles. Así está bien, se dirá, y si no está bien qué importa, si es inevitable.
 
Desde el dolor, sin embargo, cabe la rebeldía, incluso frente a lo imposible.
 
Debería existir el rayo atento, poderoso y determinante, que detuviera la mano que está por arrebatar la vida, o una voz de trueno, un relámpago de justicia, que contuviera la ira, el arrebato, el cinismo criminal. Incluso en la noche más oscura, en el lugar más solitario, debería haber una sentencia paralizante que impidiera el homicidio.
 
Pero aquí estamos, en un mundo a solas, donde la barbarie reina y despliega sus coronas, donde la carencia de respeto por la vida puede arrancarla, donde la violencia puede imponerse, las más de las veces mediante la cobardía de las armas.
 
Cunden los homicidas por deformación, por afición, por maldad, por ambición, por un puñado de monedas.
 
Estamos en un mundo de soledades. Nadie tan solo como el que siente la amenaza de la destrucción frente a una mano armada.
 
Perder a un hijo es soledad también. Toda la infancia recorrida, juegos y enfermedades, abrazos y reencuentros, desvelos y triunfos, la caricia fraterna desde la cuna hasta el fruto que madura. Estampas de siempre, sentimientos hondos, compañía que sobrevive a la distancia.
 
Que el dolor no vuelva a matar. Cada quien elige la actitud. El rencor no debiera ser opción. Quizá el perdón renueve. Y a partir de la convicción de cada uno, la fe que vuela muy por arriba de la estupidez que arranca la vida.
 
El tiempo es aire. Pasa enfundado en transparencia. Va curando heridas, alejando el momento del dolor, aunque la ausencia permanezca.
 
Que todos los que han fallecido en este entorno de violencia sean capullo para siempre en los corazones de quienes los aman. Flor de consuelo, que se abra para liberar emociones y seguir alentando la buena obra que justifica la vida.