Opinión

En busca de la inmortalidad

  
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La invención de Morel

Un hombre prófugo llega a una isla desierta. La explora. Busca donde guarecerse, qué comer. Casi de inmediato, sin embargo, se da cuenta de que no está solo. Hombres y mujeres en la colina cantan y bailan de manera repetitiva, como si se tratara de un ritual. Pero luego se esfuman, cual si fuesen arrastrados por la marea. A los pocos días vuelven. ¿Se tratará de una estrategia policial para atraparlo? Con sumo cuidado, el fugitivo se acerca a los intrusos. Los observa, estudia su comportamiento. No son pocas las veces que se pone en riesgo al hacerlo. De entre ellos, captura su atención una bella mujer que todos los días repite los mismos actos: arriba por la tarde a la parte más alta de la colina, de cara a la inmensidad del océano, para extender una manta y sentarse a mirar el atardecer en compañía de un libro. El perseguido la mira atentamente. Contempla su belleza, la delicadeza de sus gestos, el sol alumbrando su rostro, encendiendo su rubia y ondulada cabellera.

Al paso de los días sucede lo irremediable: se enamora perdidamente. Pero, ¿cómo presentarse ante ella?, ¿cómo irrumpir en su calma con el aspecto de un náufrago?, ¿le estarán tendiendo una trampa? Aún con estas dudas a cuestas, decide hablarle a la joven, quien lo ignora olímpicamente. Trata entonces de ganar su atención con flores, construyéndole un pequeño jardín, que no sólo es ignorado, sino también pisoteado. Y para colmo de males aparece en escena un hombre barbudo que lleva por nombre Morel, cuya única aportación para quien los observa escondido es que le revela el nombre de su enamorada: Faustine.

Para calmar sus nervios y su soledad, el prófugo ha decidido dejar un registro escrito de todo, más bien un testamento, con el que habrá de buscar la inmortalidad. Ese texto lleva como título La invención de Morel, se publicó en 1940, y su autor es el argentino Adolfo Bioy Casares. En sus páginas se revela la complejidad de la mente humana, la del narrador, que no para de especular y conjeturar en torno a sus misteriosos acompañantes. Y es que, tras sus fugaces encuentros con Faustine y con los otros intrusos, pareciera que éstos viniesen de otro planeta o vivieran en una dimensión distinta a la suya. Por momentos parecen fantasmas, cuya presencia es tan real que incluso lo hacen dudar de su propia existencia.

Pero poco a poco se desentraña el enigma. En una reunión en el museo —junto con la capilla y la pileta, una de las tres construcciones en la isla—, Morel explica a sus amigos los alcances de su invento: “Esta isla, con sus edificios, es nuestro paraíso privado. Aquí estaremos eternamente —aunque mañana nos vayamos— repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva”.

Prefigurando la obsesión contemporánea con la vida artificial o, para no ir tan lejos, con el mundo virtual de las redes sociales, plagadas de imágenes que no hacen sino proyectar y reproducir los momentos en la vida de las personas, haciéndolos pasar como una realidad, en su afamada novela —calificada de “perfecta” por su amigo y colega Jorge Luis Borges en el prólogo a la misma—, Bioy Casares nos recuerda “por casualidad” que la fuente del horror que algunos pueblos sienten al ser representados en imágenes es “la creencia de que al formarse la imagen de una persona, el alma pasa a la imagen y la persona muere”. Las esperanzas de Morel son vanas. Las imágenes no viven. No sienten ni piensan. Y tal vez eso es lo que se busca en la avidez actual por la imagen: no sentir, no pensar, no vivir. Trasladar la responsabilidad que esto implica a nuestras propias representaciones. Como le ocurre al narrador ante la imposibilidad de su amor con Faustine y el dolor que ello le implica.

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