Opinión

En busca de la credibilidad II

 
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Enrique Peña Nieto

Tengo una percepción mixta acerca de Enrique Peña Nieto, presidente de México.

Por un lado, aplaudo y reconozco su capacidad política de inicio del sexenio al construir y concretar el Pacto por México, integrar la ambiciosa agenda de reformas legislativas y concretarlas en acuerdo y gestión con el Congreso. Estoy convencido de que México no va a crecer ni a despegar si no se hace realidad total –no a medias, no en partes– la reforma educativa y los capítulos que le faltan, como los contenidos innovadores y transformadores de aulas, escuelas y docentes. Estoy igualmente convencido de que la reforma energética es vital para acceder a mercados internacionales más competitivos, eficientes, productivos, de los que Pemex se ha ido distanciando al paso de los años, por su creciente ineficiencia operativa, el mayor costo por extracción por barril de crudo y la anacrónica carga de un sindicato corrupto.

Estoy plenamente a favor de la reforma de telecomunicaciones, tardía y con retraso en el escenario mexicano en comparación al mundo y, me parece, también incompleta al no resolver condiciones totales de competencia pareja entre participantes. Pero representa un avance en relación a nuestro marco jurídico anterior.

En general, concuerdo con una política de transformación, de impulsar el crecimiento y desarrollo de México por encima de grupos de interés, empresas o sindicatos que defienden privilegios del pasado.

Cuando se colocan estos elementos en perspectiva, el balance de la gestión pudiera salir positivo y plenamente favorable al actual titular del Ejecutivo. Sin embargo no es así. Los números de aprobación del presidente de la República han caído en los últimos 10 meses, y aunque muchos estrategas pretendan vender la historia que es el lógico proceso de desgaste en una administración reformista, todos los mexicanos sabemos que hay bastante más detrás de esa impopularidad.

Un detonador fue el escandaloso asunto de la “casa blanca” y el otro distintivo –ya lo apuntábamos la semana pasada– fue la tardía y equívoca reacción al caso de Ayotzinapa.

Un tercer elemento que parece lastimar a la ciudadanía es la constante y repetida aparición de la familia presidencial en las revistas de sociales y espectáculos. Así inició si recordamos, el escándalo de la casa en las Lomas, cuando la primera dama “mostró” –exhibió– una magnífica residencia de elevadísimos costos en una de esas publicaciones.

Alguno de estos expertos podría presentarle a su jefe un análisis profundo y detallado de las razones por las cuales estas apariciones resultan ofensivas a los mexicanos, porque los vestidos, la alta moda, las fiestas y los bailes provocan un efecto negativo a la imagen del presidente.

Su reputación y sobre todo su credibilidad están bajo cuestionamiento continuo, si afirma por un lado combatir la corrupción –que no hemos visto–, elevar la transparencia, conducir a México hacia la rendición de cuentas y el “cambio cultural” y por otro circulan, con excesiva frecuencia, imágenes de absoluta frivolidad y de la aparente construcción de una imagen que pretendiera simular una “familia real” a la mexicana.

El presidente Enrique Peña Nieto tiene en sus manos la oportunidad histórica de concretar los cimientos de un nuevo edificio institucional, que transforme por completo la actividad productiva de México, la generación de empleos, incluso –tal vez– la distribución de la riqueza, ¿o es demasiado ambicioso?

Muchos mexicanos hacemos votos porque no desperdicie dicha oportunidad, porque no permita escapar la proyección de México al siglo XXI, a cambio del oropel y del celofán al que parecen conducirlo, insisto, con demasiada frecuencia.

Una imagen republicana, austera, concentrada en lo importante, enfocada en recuperar la credibilidad perdida y con la energía empeñada en combatir la corrupción.

Nadie afirma que no asista a las graduaciones de sus hijos o a las de los hijos de su esposa, ¿pero tiene que haber portadas en revistas? ¿Tiene que haber cada trimestre un despliegue de moda y glamour tan lejano, distante y ofensivo a los mexicanos?

No se trata de simular que esos eventos, festejos, vestidos y celebraciones no existen en México entre un amplio segmento de su población, se trata de conservar un perfil acorde con las necesidades y con la mayoría de los mexicanos.

Twitter: @LKourchenko

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