Opinión

En busca de la brújula

El Partido Acción Nacional enfrenta un proceso de elección interna por la presidencia nacional de su organización. Es tal vez, el proceso más controvertido, dividido y fragmentado del PAN en su historia. Dos grupos, frontalmente opuestos, se disputan la dirigencia nacional en medio de acusaciones y denuestos múltiples más allá de un proyecto político.

Las posiciones parecen centrar sus diferencias en torno a la cercanía o no del poder. Si el grupo que resulte triunfador estará o no, más o menos cerca del proyecto presidencial y del PRI para avanzar en la agenda de reformas y de transformación nacional. Ese parece ser el quid de la contienda, convertirse en una oposición más firme, menos dialogante, más crítica y menos “condescendiente” con el gobierno.

Resulta lamentable que en el PAN no se discutan proyectos de nación, de país, del rumbo que debe tomar la economía, del perfil que debe prevalecer en las reformas. Parece ser más una contienda por el control del partido, de sus grupos dirigentes, de las listas de candidatos en todo el territorio nacional y del presupuesto.

¿Qué le pasó al PAN? ¿Qué le pasó a este partido nacido y construido desde y para la oposición, después del siempre desgastante ejercicio del poder? Para muchos, se extravió en el camino: perdió la brújula. Aun más, hay otros que afirman que “se envenenó del poder”, que probó ese germen y virus altamente contagioso que lo trastorna y lo corrompe todo, o casi todo.

El PAN llegó al poder presidencial en el año 2000, con la experiencia de gobernar, con mediano éxito y relativo reconocimiento algunas entidades federativas y municipios.

Los priistas dolidos por la derrota de ese año, afirmaban que los panistas no sabían qué y cómo ejercer el poder, gobernar, ser eficientes, administrar. Más aún, cuando ellos, los del PAN, se presentaron ante la sociedad como los “políticamente puros”, los moralmente intachables, honestos, incorruptibles, comprometidos con México antes que con otra causa de grupo, partido o individual.

A 12 años de distancia y el balance aún en proceso de análisis, repito lo mencionado en este espacio en otras ocasiones: nos quedaron a deber. Los gobiernos del PAN fueron incapaces de reformar la estructura del gobierno –como prometieron-, como tampoco pudieron eliminar la corrupción –que también aseguraron-, evitaron hacer una revisión de los abusos del pasado, abrir expedientes, corregir el rumbo político de México. En esencia, se dedicaron a administrar sobre las mismas bases y aparato que heredaron de sus antecesores. ¿Cuál cambio, Don Vicente? ¿Dónde la transformación profunda, Don Felipe?

El PAN de hoy, el que combate y concursa este domingo, se enfrenta a la disyuntiva del grupo que pretende desligarse de la extendida, y para muchos, desafortunada influencia de Felipe Calderón frente al grupo que lo sigue como profeta y fuente de inspiración. Contra todo su discurso –cuando precandidato-, en los tiempos en los que era evidente el apoyo irrestricto de la Casa Presidencial hacia el aspirante Santiago Creel, aquél “Hijo desobediente” criticaba en público y en privado la intervención e injerencia del Presidente de la República en la contienda interna del PAN. Afirmaba que era indebido y nocivo para la vida del partido que un Presidente interviniera de forma tan directa en la vida de la organización. Desde Los Pinos en sus tiempos, y a través de sus defensores ahora, Calderón ha seguido presente y activo en las actividades y conformación del PAN. Los resultados están más que a la vista: un partido divido, resquebrajado, con resentimientos profundos, con cuestionamientos graves en torno a la gestión de presidentes y gobernadores.

Veremos qué resulta de la contienda del domingo, donde el que pierda deberá tener la madurez política y la entereza moral –si acaso- de aceptar la derrota y sumarse a la construcción de una nueva etapa.