Opinión

Emoción y razón

   
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Soledad (Shutterstock)

Un hombre en sus cuarenta arrastra sin remedio cuentas pendientes con su madre, con quien nunca pudo tener una buena relación. Ahora que ella ha muerto, se enfrenta con la necesidad de cerrar el capítulo sin resentimiento. Intenta separar lo que piensa de lo que siente; no comprende porqué si entiende la fractura irreparable que sufrió la relación años atrás, todavía lo asalte el dolor de haber tenido una madre indiferente y a veces cruel.

Es posible que a pesar de lo mucho que se han estudiado, sigamos siendo ignorantes sobre las emociones. Que sigamos creyendo que la emoción y la razón son dos actividades mentales separadas y no interdependientes.

Por eso es necesario que se desarrolle una teoría de las emociones que tome en cuenta: Sus fuentes culturales, su historia durante la infancia y la adolescencia y su modo a veces impredecible y desordenado de operar en la vida cotidiana, dado que somos seres humanos apegados a objetos fuera de nosotros que no podemos controlar.

Todo esto lo plantea la filósofa Martha Nussbaum, en su libro Upheavals of thought: the intelligence of emotions (Dificultades del pensamiento: la inteligencia de las emociones).

Las emociones tienen una estructura narrativa que cuenta la historia de nuestra relación con los objetos queridos a través del tiempo.
El amor, el resentimiento o la añoranza, pueden ser descritos como historias que narran la relación que tenemos con alguien que nos importa, o con una etapa de nuestra vida que extrañamos, o con el significado que nuestra vida profesional tiene para nosotros.
Cuando alguien dice estar resentido, está diciendo que tiene una historia con alguien que ha ocurrido en el tiempo y que es importante para él.

Las emociones son elementos esenciales de la inteligencia humana y deberíamos tratarlas con respeto y no devaluarlas. Me refiero por ejemplo a la vergüenza que llorar le ocasiona a algunos hombres o describir a alguien como muy emotivo como si fuera un defecto del carácter. La auto vigilancia que nos hace pensar que no deberíamos sentir de un modo u otro, es reflejo en parte del lugar cultural que tienen las emociones: alguien emotivo no es profesional, ni confiable o debe estar un poco loco o loca. Alguien que tiene contradicciones entre lo que siente y lo que piense se describe como incongruente. Algunos discursos profesionales llaman a alinear el pensamiento, el sentimiento y los actos, como si las personas fuéramos robots programables para eliminar el error, cuando somos como dijo Gregory Bateson, “máquinas impredecibles”.

Las emociones implican juicios sobre las cosas importantes, evaluar a los objetos de nuestro mundo, aceptar que estamos incompletos, necesitados y que hay partes del mundo que no controlamos.
Cuando miramos al pasado, podemos hacer muchas cosas con nuestros recuerdos y con las historias que construimos a partir de ellos. Por ejemplo, arrepentirnos, culparnos, sentir que no hicimos lo suficiente o que no dimos todo el amor que debimos.

Esto resulta especialmente cierto cuando alguien que amamos muere sin que podamos despedirnos. La gente suele culparse por todas las deficiencias en esa relación, por todo el amor que no dio y por algunas otras cosas inventadas que confirmen la narración del mal hijo, mal hermano, mal amigo.

Los pacientes se arrepienten de las decisiones arrebatadas y creen que si lo hubieran pensado más, hubieran hecho todo diferente. Es una bonita fantasía creer que afilando la razón al máximo, nos libraremos de decidir mal o de lastimar a la gente que nos importa.

La realidad es que emociones como el deseo, el amor, la decepción, surgen no solamente de un cuerpo en descontrol sino de una mente que ha evaluado, con el consciente y con el inconsciente, el peso específico de lo que está por hacer.

Uno elige a una persona sobre otra en el terreno del amor. O deja un trabajo para dedicarse a algo más. Los resultados no siempre son lo que esperábamos, pero habría que dejar de culpar a las emociones y dedicarnos mejor a comprenderlas como una parte fundamental de los apegos que definen nuestra vida.

Las emociones son una forma del juicio y no están tan lejos de la razón como hemos aprendido a pensar. Es verdad que a veces nos arrasan, parece que sin nuestro consentimiento o sin una comprensión cabal, pero no son de ningún modo el equivalente a impulsos biológicos, corporales, que oscurecen la razón.

La ira incluso, que ha sido descrita como la incapacidad para pensar, es una emoción que aparece cuando algo importante ha sido lastimado y necesita defenderse con fuerza y valentía. También la ira nos produce miedo y recelo, sin pensar que aquello que nos la provoca tendría que ser observado y comprendido, porque se trata de algo importante y valorado para nosotros.

Todas las dualidades cartesianas incluida la que separa la emoción de la razón, no son útiles para comprender las complejidades del alma humana y pueden ser fuente de angustia, si no somos capaces de entender que vivimos en permanente contradicción y que intentamos torpemente, hacer que nuestro mundo interior tenga un orden razonable.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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