Opinión

Emboscados

10 febrero 2014 5:14 Última actualización 29 julio 2013 5:52

 
 
 
Gerardo René Herrera Huízar
 

Aún no se entiende la lógica de los ataques a las fuerzas federales ocurridos en diferentes puntos de la Tierra Caliente michoacana durante la semana pasada, atribuidos a grupos pertenecientes a los denominados caballeros templarios, con saldos de muertos y heridos, tanto de la Policía Federal como de los agresores.
 

¿Cuál sería la ganancia para los criminales con la realización de las agresiones a las fuerzas federales?Las emboscadas, realizadas simultáneamente en diversos puntos geográficos, hacen evidente su preparación y coordinación previa por parte de los delincuentes, su conocimiento del despliegue federal y la magnitud de las fuerzas, lo que supone tener un objetivo definido para ello. Por otra parte, era previsible la reacción gubernamental y el reforzamiento de los efectivos destinados a esa zona, en respuesta a los ataques, lo que ocurrió inmediatamente.
 
 
La pregunta es ¿Cuál sería la ganancia para los criminales con la realización de las agresiones? Ya que sólo han logrado, amén de las bajas sufridas y causadas, la saturación, una vez más, de su geografía con más tropas y policías, lo que, en el más elemental análisis, perjudica sus actividades ilegales.
 
 
¿Y si el objetivo de las acciones coordinadas al estilo guerrilla, haya sido precisamente el atraer la atención y motivar el envío de refuerzos? No hay que perder de vista los eventos previos y la existencia de grupos antagónicos diversos, entre los que se cuentan no sólo aquellos del crimen organizado ya conocidos, sino grupos de interés económico y político, con o sin vínculos con los anteriores, a los que se suman las ya famosas policías comunitarias o grupos de autodefensa, ya sea disfrazados y patrocinados por el crimen organizado o realmente integrados por ciudadanos afectados por la delincuencia.
 
 
Lo cierto es que el mosaico social michoacano, sin gozar de exclusividad, es altamente complejo y el núcleo de su complejidad se ubica en la dialéctica crimen-corrupción, como en muchas otras regiones del territorio nacional y por lo tanto, la expectativa de solución, difícilmente puede sustentarse en la reacción y el uso ya cotidiano de la fuerza física, en periodos recurrentes, cada que se suscita un evento de relativa magnitud o impacto noticioso.
 
 
Al frente original que tuvo que atender el gobierno por la creciente delincuencia, se han ido sumando actores no considerados inicialmente, conformando un entorno diversificado en constante evolución, que cada día hace más difícil su identificación clara y precisa.
 
 

Paulatinamente, el sistema social se contamina y el crimen cataliza todo tipo de actividades: influye en procesos electorales, establece impuestos, condiciona la producción y el comercio, ahuyenta el turismo, desplaza poblaciones enteras, instituye autoridades propias y somete a la sociedad.
 
 

No es extraño que ante el temor y el abuso que han sembrado los criminales y ante la falta de resultados perdurables por parte de la autoridad, muchas poblaciones opten por su autoprotección, pero esto ha sido aprovechado también por la delincuencia para enmascararse y actuar impunemente bajo la cubierta de la autodefensa. No es raro ver imágenes de supuestos policías comunitarios embozados, portando armas de alto poder, frente a contingentes federales, sin que la autoridad presente en el sitio actúe, pues no sabe a ciencia cierta como actuar.
 
 
Mientras la complejidad se acrecienta, de manera natural o fabricada, la respuesta oficial se mantiene en los mismos estándares de acción-reacción, hoy aquí, mañana allá, buenos contra malos ¿Quienes los buenos?¿Quienes los malos? En este esquema gana el crimen, quien pierde es la sociedad entera.
grhhuizar@gmail.com