Opinión

Eliminar la desigualdad

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pobreza

Ayer le comentaba de dónde nos viene la desigualdad. No viene de la Conquista o la Colonia, sino de nuestra vida como país independiente. En realidad, era difícil tener desigualdad muy grande antes de que hubiera riqueza de verdad, que es algo que existe desde hace 200 años. Es cierto que aún cuando no había tanto, se podían tener diferencias inmensas, como lo narra Alexander von Humboldt en su visita a México a inicios del siglo XIX. La propiedad de la tierra, o de las minas, que eran las únicas fuentes de riqueza entonces, se concentraba en muy pocas manos, casi todas ellas españolas.

Pero la verdadera riqueza en América Latina aparece a fines del siglo XIX, jalada por el gran crecimiento económico en Europa Occidental y las naciones que salieron de ella. Justo entonces es cuando países como Uruguay o Argentina logran estar entre los más ricos del mundo. Incluso nosotros casi logramos entrar al selecto grupo durante el Porfiriato, pero nos quedamos cortos, y durante el siglo XX sólo empeoramos.

El control de las élites latinoamericanas es el origen de la inmensa desigualdad. Al combinar poder económico con político, simplemente no ha habido manera de limitarlos. En Europa no ocurrió así porque la riqueza asociada a la tierra fue desapareciendo conforme aparecía la asociada a la industria, y el combate entra ambas impidió la concentración de poder. A fines del XIX nace el poder de los trabajadores, que reemplaza a los terratenientes en el equilibrio político.

Acá eso no nos pasó. Las élites terratenientes se convirtieron en industriales, cuando hubo alguna industrialización. Y por lo mismo el poder de los trabajadores nunca alcanzó a equilibrarlas. Además, los trabajadores fueron rápidamente convertidos en carne de cañón por parte de liderazgos corruptos y políticos populistas, la gran tragedia latinoamericana.

Es apenas al final del siglo XX que en América Latina empieza a ocurrir una transición en las élites, y por lo tanto una lucha política seria. No ha sido tan profunda como uno querría, pero de algo ha servido. Por eso puede usted observar una mejora continua en la distribución en América Latina en los últimos 20 o 25 años. Pero insuficiente, porque seguimos siendo profundamente desiguales.

Como le decía ayer, estos cambios son recientes. En México, la transformación empieza a inicios de los noventa con mejores reglas en cuestión económica, después en cuestiones sociales y políticas, y es hasta ahora que estamos limitando el poder de los políticos, y en consecuencia la corrupción. Sin eso, no había manera de corregir la desigualdad, y por eso nos hemos tardado tanto. Muchas personas quisieran que todo esto se corrigiese de golpe, pero no es posible.

Para ponerlo más fácil: los poderosos lo son para poder quitarle a usted dinero. Si no, no tendría sentido ser poderoso. Si todo el poder se centra en el Estado, éste se convierte en el gran botín de la sociedad, y todos intentan entrar ahí para cosechar. Por eso en el siglo XX ser político en México era tan buen negocio. Cuando el Estado pierde su poder, en 1997, y crecen los llamados “poderes fácticos”, son éstos los que se quedan con los recursos. Y entonces todo mundo quiere ser parte de esos poderes: crimen organizado, gobernadores, empresarios oligopólicos, líderes sindicales, etcétera.

Para evitar estos dos extremos, por los que ya hemos pasado, es necesario que el Estado concentre el poder, y al mismo tiempo esté limitado, y eso sólo puede lograrse con leyes. Por eso para ser un país exitoso es necesario contar con un Estado fuerte, limitado por la ley. Pero no es suficiente, hay algo que falta. Mañana le digo.

Twitter: @macariomx

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