Opinión

Elegir mal

     
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Elegir mal, Vale Villa

Trabajar como psicoterapeuta significa entre otras cosas, estar dispuesta a entender con la mayor complejidad posible, los problemas que traen a los pacientes al consultorio. Esto quiere decir que es necesario ir más allá de las teorías sobre la personalidad y el cambio y asumir con claridad los sesgos personales, como el género y la clase socioeconómica, que vuelven casi incomprensibles las elecciones de algunas pacientes.

Me siento abrumada frente a mujeres que considero brillantes y que por distintas razones, eligen parejas que no están a su altura. Es triste escuchar que una mujer ha decidido comprender y aceptarlo todo con tal de tener a un hombre a su lado, aunque sea un tipo insípido o un bebedor compulsivo o incapaz de solvencia profesional o un dictador que llega a su vida a dar órdenes y a prohibir.

Sandra pasó más de 10 años para graduarse como neuropsiquiatra y hoy pertenece al nivel más alto del sistema nacional de investigación y ha logrado consolidar una practica pública y privada impecable. En la vorágine de exigencia que es la profesión médica, tuvo poco tiempo para hacer vida social y de pronto la alcanzaron los 34 años sin tener una pareja estable. La amiga de una amiga le presentó a Juan, un ingeniero en sistemas, buena gente, agradable, pero que a Sandra no le pareció ni atractivo ni interesante desde el principio. La insistencia de Juan y la presión cultural, mermaron las resistencias de Sandra y después de un año de noviazgo, decidieron casarse y tener un hijo sin pensarlo demasiado.

Ana estuvo casada durante 15 años y después se divorció de Raúl, un marido ausente, poco empático, aburrido y con quien siempre tuvo una vida sexual de pésima calidad. Durante el matrimonio, se dedicó a cuidar a sus hijos, a tener la casa bien arreglada, a devorar libros, a terminar una maestría y a soñar con otra vida. Decidieron divorciarse porque la relación empeoró con los años y la frialdad y los desacuerdos se hicieron insoportables. Después de 4 años sin pareja, Ana comenzó a salir con Paco, un tipo encantador, divertido, bailador y lleno de vida. Pero también un hombre dominante, celoso e intolerante, que poco a poco fue apoderándose de la vida y de las decisiones de Ana, que estaba tan hambrienta de una pareja que la hiciera feliz, que decidió pagar el precio eligiendo a un hombre que de adorable se convertía en violento cuando no se hacía lo que él quería.

La psicología evolutiva afirma que las mujeres somos más selectivas para elegir pareja. Sin embargo y al no ser ya la reproducción el único elemento en juego, el peso de la cultura hace que algunas mujeres fantásticas se conformen con cualquiera con tal de tener pareja. Puede tratarse también de mujeres narcisistas, que eligen hombres grises o con muchos defectos, para que no les quiten el brillo ni su lugar de entregadas, amorosas y comprensivas. Muchas mujeres que crecieron con padres dominantes, eligen hombres sin carácter para ser ellas las que mandan. Algunas otras son tan codependientes, que pueden relacionarse con hombres intratables, porque sus umbrales de tolerancia van más allá de lo saludable.

Nada es tan simple como una mala elección. Las complicidades y las colusiones inconscientes son necesarias para que una pareja se forme y resulta complicado entender todos los enganches que deben ocurrir para que dos se elijan entre sí.

Mi intención ha sido enfatizar que encuentro más mujeres eligiendo hombres por debajo de sus posibilidades que al revés. Mujeres que perdonan cosas imperdonables. Mujeres que se colocan por debajo de maridos bastante menos talentosos que ellas con tal de cuidar la fantasía de que alguien las protegerá. Mujeres que aspiran a la grandeza de un amor con alguien inteligente, amoroso, deseable, que sea capaz de respetar su libertad y que dicen sí por mucho menos, huyendo de la soledad pero sobre todo del estigma de la mujer sola.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

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