Opinión

Elección y realidad

 
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Material electoral. (Instituto Nacional Electoral)

El próximo 5 de junio se llevarán a cabo 12 elecciones para elegir gobernadores en distintas entidades del país. El tema de candidaturas, partidos y coaliciones ha dejado de representar una diferencia significativa en función de ideologías, proyectos de gobierno, o distinción de prioridades entre unos y otros. El pragmatismo más extremo del tú o yo ha llegado a niveles que alejan al ciudadano de una identificación con una corriente o causa política determinada. La alternancia como condición para garantizar no sólo el ejercicio democrático pleno, sino mejores gobiernos en la cotidianeidad, no ha sido un modelo positivo desde que el fenómeno se ha producido en el país.

Y es que los ejemplos de Sonora, Morelos, Aguascalientes, Guerrero y otros estados son elocuentes. La alternancia no desembocó en un proceso capaz de desmontar las viejas estructuras corporativas del priismo tradicional, sino más bien los nuevos gobernadores priistas y no priistas, se amoldaron a esas formas para beneficiarse política y económicamente, y siguieron gobernando como virreyes dueños del poder absoluto al igual que sus predecesores. La realización de un buen o mal gobierno quedó a la buena voluntad o capacidad del gobernante en turno, sin mecanismos de supervisión o verificación que lo obligasen a cambiar su forma de actuar.

La formación de las alianzas entre partidos para las próximas elecciones, entran en esta lógica de pragmatismo sin límite alguno.

Mientras el PRI trae al Verde consigo en todos los frentes, también lo hace con Nueva Alianza, a excepción de Puebla donde el partido magisterial va con los panistas quienes ahí suman al PT. El PAN va con el PRD en cinco entidades y solo en seis más. Los perredistas van con candidatos propios en siete estados. El caso del Partido del Trabajo es significativo porque o va solo, o con el PRI, o con el PAN, pero ni con Morena, ni con el PRD, este último su gran salvador ante la inminente perdida del registro y su apoyo en la elección extraordinaria en Aguascalientes, la cual les devolvió la vida y el presupuesto.

Para el PRD el escenario es sumamente negativo. La mayoría de sus posibles candidatos ganadores son panistas, y sus conflictos internos los han llevado a no apoyar al más perredista de los panistas Javier Corral en Chihuahua. Por otro lado, la candidatura del Yunes, panista en Veracruz, no es la de una figura aceptable para un perredismo que busca la reconfiguración de su imagen con personalidades identificables para la izquierda moderna que dicen representar. Y el caso más dramático es Oaxaca, donde la postulación de Estefan terminó produciendo la presencia de Benjamín Robles por el PT, y con ello abriéndole el camino al priismo de Murat.

Los panistas apuestan todo a dos estados: Veracruz y Puebla, tanto por la sucesión presidencial del 2018, como por el fortalecimiento partidario que representaría arrebatarle a los tricolores la entidad jarocha tras el desastre producido por Duarte, lo que obliga al Yunes priista a realizar una campaña como opositor de manera difícil de creer para muchos veracruzanos. Y es que para el PRI ganar la mayor cantidad de estados se vuelve indispensable en medio de la disputa por la candidatura priista a la silla grande entre los ejes representados por Manlio, Osorio y Videgaray, donde la lucha sigue estando presente.

Es esta una disputa por posiciones de poder, presupuestos y proyectos futuros, más que por una idea de cómo mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos de las entidades donde hay elecciones. Así es como estamos.

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