Opinión

El yerbero fiscal

10 febrero 2014 5:5 Última actualización 23 agosto 2013 5:10

 
Sergio Negrete Cárdenas
 
 

Como un yerbero que promete curas a todas las enfermedades sin ofrecer mayores explicaciones, el gobierno no suelta prenda de los pormenores de la futura reforma fiscal, pero insinúa un remedio mágico a las múltiples dolencias económicas de la nación.
 
 

Si esa reforma fiscal tiene un objetivo central entonces debería ser recaudatoria. México ocupó el lugar 131 (de 187) en términos de ingresos gubernamentales de acuerdo con el FMI. Considerando sólo impuestos, la posición es todavía más patética: de los 34 países de la OCDE, el país destaca por ocupar la primera posición… pero de abajo para arriba. Pareciera entonces que no hay duda sobre lo que debería implicar la reforma: IVA generalizado (o casi generalizado), aumentos al ISR y eliminación de exenciones fiscales. Doloroso para la población, pero imperativo para un país con finanzas públicas precarias y extraordinariamente dependientes del petróleo.
 
 
Sin embargo, funcionarios de la Secretaría de Hacienda también han dicho que con la reforma fiscal se incentivará el crecimiento económico. Ello refleja una conmovedora, y preocupante, fe en la capacidad productiva del sector público. En otras palabras, implica creer que un peso que se le quita a un ciudadano será gastado con mayor eficiencia e impacto productivo por el gobierno. Lo más probable de hecho es que la reforma fiscal tenga un impacto recesivo en el corto plazo, por la caída inmediata que provocará en el consumo (y posiblemente en la inversión). Para fomentar el crecimiento habría que reducir las cargas fiscales del trabajo (destacadamente disminuir el ISR y las cuotas patronales al IMSS) –pero entonces ya no sería claramente recaudatoria aunque se aumentara el IVA.
 
 
Por otra parte, también se ha anunciado, como parte de la reforma energética, que se reducirá la carga fiscal de Pemex. No es mala idea para ayudar a una empresa petrolera que, típico en la economía kafkiana de México, pierde dinero a carretadas y cuyos activos son ampliamente superados (en 25 mil millones de dólares al mes de junio) por sus pasivos. Por otra parte, ciertamente tendría la virtud de eliminar el peligroso engaño de que Pemex registra como pago de impuestos lo que en realidad es deuda que contrae en los mercados nacionales e internacionales. Pero entonces la reforma fiscal tapará un agujero abriendo otro, sin tanto impacto recaudatorio.
 
 

Las cifras estimadas por Coneval recientemente llevaron a otra finalidad para la reforma fiscal, pues se reiteró que al mismo tiempo será presentada una iniciativa de sistema de seguridad social universal. Buscar reducir la pobreza es sin duda aplaudible, pero parece entonces que el gobierno plantea una expansión del gasto público junto con un aumento en el ingreso. Más que recaudatoria, entonces sería una reforma redistributiva.
 
 
Por otra parte, faltaba más, el presidente Peña Nieto también prometió que las modificaciones impositivas traerán consigo una simplificación fiscal para las micro, pequeñas y medianas empresas (lástima que dicho ofrecimiento no incluyó al resto de los contribuyentes). Un propósito no necesariamente reñido con recaudar más, aparte que muchísimas empresas micro y pequeñas ya gozan en las sombras de un régimen simplificado (puesto que simplemente no pagan impuestos), pero agrega otra restricción a la mezcla fiscal que se enviará al Congreso.
 
 

Es de esperarse que a estas alturas, a pocas semanas de presentarla, el gobierno tenga claridad sobre el objetivo que tendrá la mentada reforma: ¿recaudatoria, redistributiva, simplificadora, pro-crecimiento, pro-Pemex, pro-Pymes, y/o pro-pobres? No es claro, pero el peligro es que termine en un champurrado impositivo al tratar de presentar una pócima que, según el yerbero, curará todos los males.