Opinión

El voto de los independientes

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El sistema político de Estados Unidos es un duopolio. Por su mutuo interés los dos partidos dominantes han dificultado el crecimiento de otros. Al impedir la representación proporcional, al definir mañosamente la configuración de los distritos electorales y al mantener alto el número de firmas necesario para su registro (variable de estado a estado), volvieron casi imposible el desarrollo de nuevas organizaciones políticas.

Incluso está prohibido que el que pierde una primaria pueda jugar como independiente en la elección general (sore loser law). Aún si logra registrarse, los porcentajes de preferencia en las encuestas, exigidos para acceder al financiamiento público (5.0 por ciento) y para permitirle participar en los debates (15 por ciento), son difíciles de lograr y requieren fuertes gastos legales.

Sin afiliación, actualmente sólo hay un gobernador (Bill Walker, de Alaska) y dos senadores (Angus King, de Maine, y Bernie Sanders, de Vermont).

La trayectoria de este último es ilustrativa. En 23 años ha ganado 21 elecciones a diferentes cargos, todas como independiente. Pero cuando quiso buscar la presidencia lo tuvo que hacer como demócrata y, al no obtener la nominación, se vio obligado a apoyar a la triunfadora.

El mismísimo Donald Trump estuvo coqueteando con la idea de lanzarse como abanderado del Reform Party hace 16 años.

Históricamente, los terceros partidos no han sido relevantes. Excepcionalmente han tenido un papel estratégico, al restarle fuerza a alguno de los dos punteros. Eso pasó en 1968, cuando George Wallace (del American Independent Party) hizo perder a Hubert Humphrey ante Richard Nixon, y en 1992, cuando Ross Perot (del Reform Party) contribuyó a la derrota de George H. W. Bush ante Bill Clinton.

Además, las propuestas de Wallace (contra los derechos civiles) y de Perot (contra el déficit presupuestal) fueron rápidamente adoptadas por los dos gigantes, de forma que en la siguiente cita electoral ya no tuvieron nada que vender.

El caso más reciente fue en 2000 en Florida, el estado decisivo en esa ocasión. George W. Bush superó a Al Gore por 537 votos, mientras que Ralph Nader (respaldado por el Green Party) consiguió 97 mil 488. Se dice que, si Nader hubiera hecho un día menos de campaña en esa península, Gore habría prevalecido. Y ese desenlace se pone como ejemplo de una situación paradójica: el partido chico siempre le va a quitar votos al partido grande ideológicamente más cercano, beneficiando entonces al más opuesto.

Si bien hace cuatro años sufragaron por alguna minoría sólo 1.8 por ciento de los electores, eso le significó a Obama aventajar por márgenes estrechos en Virginia (3.9 por ciento), Ohio (3.0 por ciento) y Florida (0.9 por ciento).

Ni Gary Johnson del Libertarian Party, ni Jill Stein del Green Party, deberían preocupar a Donald o a Hillary. Los libertarianos están en la boleta desde 1972 y su votación más alta ha sido de 1.1 por ciento (1980); los verdes aparecen desde 1996 y alcanzaron 2.7 por ciento cuando mejor les fue (2000). En 2012 Johnson consiguió 1.0 por ciento y Stein 0.36 por ciento.

Pero este año las cosas pueden ser diferentes. En el último seguimiento semanal (tracking poll NBC/SM del 13 de septiembre) la intención de voto se distribuye así: Clinton 41.9 por ciento, Trump 39.9 por ciento, Johnson 9.0 por ciento y Stein 2.9 por ciento. Los libertarianos pueden ser importantes en Colorado y New Mexico (donde Johnson fue gobernador) y los verdes en California, Pennsylvania, Massachusetts, Ohio, Wisconsin y Maine.

Se presenta un escenario singular (Gallup del 7 de agosto): están prácticamente empatadas las cifras de quienes se consideran miembros de algún partido (31 por ciento demócratas y 27 por ciento republicanos); de quienes tienen una opinión negativa de los candidatos (61 por ciento de Clinton y 62 por ciento de Trump) y; de los independientes que creen que al final se van a inclinar por alguno de ellos (38 por ciento y 36 por ciento, respectivamente).

Muchos de los que simpatizaban por Mitt Romney, Jeb Bush o Ted Cruz se están alineando con los libertarianos. Una gran cantidad de los seguidores de Bernie Sanders lo hacen con los verdes.

La abstención puede ser también un factor definitorio. El entusiasmo por acudir a las urnas es 19 por ciento menor entre los demócratas y 8.0 por ciento mayor entre los republicanos.

A estas alturas ya podemos prever que si la carrera se sigue cerrando, los independientes pueden determinar el resultado el 8 de noviembre.

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