Opinión

El voto de las mujeres

 
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Mujeres en los negocios (Bloomberg)

Hillary Clinton ha sido durante muchos años la mujer más admirada de Estados Unidos. Desde que vivía en la mansión del Gobernador en Little Rock asumió la causa de las madres y las niñas. En 1992, en la primera campaña presidencial de su marido, a través de un fondo llamado La lista de Emily, se convirtió en promotora de senadoras y gobernadoras progresistas. Permanentemente ha luchado por la igualdad de derechos femenina.

Parece lógico que en su actual campaña le dé gran importancia al hecho de que es la primera aspirante con posibilidad real de alcanzar la Presidencia. Le dice a las votantes que su triunfo significaría romper por fin el techo de cristal, esa barrera invisible que no deja ascender a las mujeres a pesar de su talento y méritos.

Sin embargo, jugar la women´s card no le está funcionando. Es cierto que a sus coetáneas les emociona que llegue a la Casa Blanca alguien con quien compartieron luchas libertarias, en una época de oportunidades educativas y laborales limitadas. Pero fuera de las baby-boomers, que en todo caso son minoría, para las siguientes generaciones ese hecho no resulta tan determinante en su voto.

Para gran parte de quienes integran la generación X, que ya no tienen hijos chicos y que están a media carrera, ha costado gran esfuerzo ir superando obstáculos machistas pero están conformes con lo logrado, sin ganas de complicarse más.

Para muchas de ellas el feminismo fue una moda de mujeres blancas intelectualizadas. Incluso las que fueron activistas no le conceden importancia a que Gloria Steinem, el icono de la segunda ola feminista, apoye a Hillary.

Algunas piensan que está en donde está porque es esposa de un político que llegó a Presidente. No creen que por sí misma hubiera tenido tanto éxito. A otras, las controversias en las que se ha involucrado les provocan dudas o franco rechazo.

Las menores de cuarenta años crecieron en la cultura del empoderamiento femenino. Viven en una sociedad que ve normal que haya generalas y astronautas, en la que están inscritas más alumnas que alumnos en las universidades y en la que hay relativa igualdad en el mercado de trabajo, al menos en los niveles bajo y medio. Optimistas, piensan que el sexismo está en franco declive y ya no le encuentran sentido a las cuotas.

Peor es con las millenials. Ellas no ven a la señora Clinton como pionera sino como abuelita regañona. Consideran completamente anacrónico que tengan que votar por ella por razones de género.

Rechazan a los grandes partidos y en cambio, les atrae Bernie Sanders, que les habla de problemas reales: colegiaturas y empleos.

A Trump le fue bien con las féminas en las primarias. Eso es algo desconcertante dada su fama de mujeriego, su trato vulgar hacia las damas y el haber sido dueño del concurso de Miss Universo.

Una explicación es que para las conservadoras no hay nadie peor que Hillary. En la Convención de Cleveland fue impactante observar que cientos de señoras portaban camisetas que la pintaban como bruja, la insultaban con obscenidades o demandaban “Hillary for prison 2016”.

Otro grupo son las decepcionadas con Obama, que quieren un cambio de gobierno y realmente suponen que deportando ilegales y cerrando la economía las cosas van a mejorar.

Hay también las que no le dan mucha importancia a que llame gorda a una periodista o fea a una empresaria, o a que diga que Hillary es una alcahueta asquerosa (“nasty mean enabler”), al tolerar las repetidas infidelidades de Bill y al alentar el linchamiento mediático de sus ex novias. Al contrario, les gusta que diga lo que piensa sin preocuparse por la corrección política.

No faltan las que alegan que en 1983 confió a una joven ingeniera la construcción de la Trump Tower en la Quinta Avenida y las que son fanáticas de su reality show The Apprentice, en el que trataba igual (de mal) a los participantes de ambos sexos.

Como quiera que sea, Hillary y Donald son figuras divisivas y polémicas entre el electorado femenino. Ni ella va a ganar únicamente por ser mujer ni él va a perder sólo por ser misógino.

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