Opinión

El virus del poder

Afirman los politólogos y teóricos del estado, que el poder desgasta, debilita, diluye y confronta las propias incapacidades por hacer cumplir lo que en campaña se promete en exceso.

En México el caso más reciente y tristemente lamentable es del PAN que enfrenta ahora una ríspida batalla interna por el control del partido y el liderazgo. En el debate del martes entre los candidatos a la Presidencia Nacional de su partido, Ernesto Cordero y Gustavo Madero, floreció el evidente contagio del virus del poder. Desorientados, confundidos, con discursos vagos y repletos de lugares comunes –de lo poco que se pudo ver por internet- con más acusaciones y recriminaciones que propuestas o visiones de país, el PAN parece haber perdido la brújula.

El tema recurrente fue la cercanía con el PRI y con el actual gobierno, de lo que uno –Madero- se siente satisfecho y orgulloso por “el avance en la agenda panista”, mientras que el otro –Cordero- utiliza como fuete para fustigar a su contrincante.

El discurso de Cordero se sustenta en la oposición a mansalva, la contra y el rechazo automático a todas las iniciativas que provengan del gobierno en turno. Tal y como ejerció el PRI en buena medida durante los 12 años panistas en el poder. Es decir, ¿se trata de la revancha y de aplicarles la misma estrategia? ¿se trata de oponerse por principio a todo cambio, reforma, propuesta que provenga de un partido que no es el propio? O más aún, de acusar de “colaboracionista” a quienes se han sentado a la mesa del diálogo y han pretendido construir iniciativas conjuntas, colegiadas, propositivas.

Varios panistas se sumaron el equipo que construyó el Pacto por México; algunos de ellos, más allá de las diferencias con el PRI o el PRD, tuvieron la visión para entender que una agenda de cambio profundo beneficiaba a México, por encima de las cuotas y los réditos partidistas.

Cordero y su gente le recriminan hoy a ese grupo “haber sido comparsa del poder”, porque la verdadera oposición, pareciera sostener su mensaje, no acuerda, no negocia, no dialoga y no construye con el gobierno.

En el México moderno, nuestros representantes y líderes políticos han sido muy malos para la construcción de acuerdos, incapaces en sentar las bases para diálogos fructíferos, más allá de las diferencias doctrinarias o ideológicas. El PRI dolido y debilitado por la derrota en el 2000, actuó de esa forma al impedir y bloquear múltiples iniciativas en los gobiernos de Fox y Calderón, de la misma forma que el PAN impidió el avance de la primera iniciativa en materia energética presentada por el gobierno de Zedillo en 1998.

Los 12 años del PAN en la Presidencia, se ejercieron sobre la misma estructura de gobierno que habían dejado sus predecesores. No hicieron una transformación de fondo en el aparato de gobierno, en la oferta de servicios públicos, en la reestructuración de un gobierno más transparente, más sujeto a controles y balances y sobre todo –a pesar de su discurso- menos corrupto.

El PAN de hoy parece un grupo desdibujado, sin proyecto, sin propuesta, distante del electorado y con el desprestigio de gobiernos ineficaces. Sus líderes de hoy se concentran más en la pelea y el enfrentamiento, en vez de realizar un proceso profundo de autocrítica, de transformación y de relanzamiento.

Ya hablarán las urnas.