Opinión

El viraje

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ME. Riva Palacio: La casa de Videgaray.

Mientras las críticas por la “casa blanca” y Malinalco se circunscribieron a los medios nacionales, la estrategia del gobierno de la República fue minimizar el problema, aguantar el temporal y esperar que las aguas volvieran a su cauce.

Se recurrió, incluso, a la teoría del complot: había una estrategia desestabilizadora, orquestada por los enemigos de las reformas estructurales. El presidente Peña, como en su momento José María Morelos y Pavón, enfrentaba resistencias conservadoras que jugaban sucio.

Cayó entonces un rayo a cielo abierto. The Economist publicó un artículo lapidario: “Tanto Peña como Videgaray insisten en que no hicieron nada ilegal. Pierden de vista el punto relevante. En las democracias modernas, a cuyas listas México aspira incorporarse, el tipo de intercambio de favores en los que ambos parecen haber participado con Grupo Higa son vistos como inaceptables”.

La publicación golpeó (literalmente) al gobierno y trituró la estrategia de aquí no pasa nada. Porque una cosa son las críticas internas, consideradas viscerales o amañadas, y otra es el desprestigio internacional de un presidente y un secretario de Hacienda que volaban por las nubes, en el mundo globalizado, y recibían reconocimientos a diestra y siniestra.

La coincidencia, insisto, es flagrante: el artículo, El Pantano Mexicano, apareció el viernes 23 de enero; una semana y media después el gobierno dio un giro de 180 grados.

La repercusión internacional del conflicto de interés es clave para el gobierno de la República por razones evidentes. No se trata sólo de una cuestión de imagen, sino de crear mecanismos que garanticen que las licitaciones que vendrán, en todos los ámbitos, serán transparentes y no estarán amañadas.

De ahí que el viraje que efectuó el presidente Peña sea, sin duda, positivo. Más vale tarde que nunca. Pero ahora debe entender que si la corrupción no era un tema principal de la agenda política, ya lo es. Más aún, en el contexto de bajo crecimiento económico y mayores presiones sobre los causantes cautivos e informales.

El descrédito de la clase política es mayúsculo. Resulta escandaloso e inaceptable que la función pública se haya vuelto un método, el más efectivo de todos, para la acumulación originaria de capital. Los políticos y los funcionarios salen, al cabo de un sexenio o dos, con los bolsillos repletos.

Lo habíamos visto bajo el priato, pero la historia se repitió y multiplicó durante la alternancia. Las antes oposiciones, de todos los colores, se mimetizaron con las viejas prácticas patrimonialistas.

Lo que urge, en consecuencia, es que se apruebe una ley anticorrupción que combata la impunidad y los incentivos perversos que tienen funcionarios y políticos.

¿Está claro esto para el gobierno? Puede ser que sí, pero el nombramiento de Virgilio Andrade, al mismo tiempo que está estancada la aprobación de la ley del Sistema Anticorrupción, manda un mensaje contradictorio. Por una parte, se admite la existencia de un potencial conflicto de intereses; pero, por la otra, el presidente nombra a un funcionario que estuvo en su campaña –y formaba parte de su gobierno– para realizar la investigación.

A lo que se suma la conocida cercanía de Andrade con el secretario de Hacienda, con quien lo liga una amistad de décadas.

Y por si fuera poco, el discurso en que se le dio posesión tuvo un tono admonitorio: “el presidente no otorga contratos, no adjudica compras, ni obras, tampoco participa en ningún comité de adquisiciones, arrendamientos o servicios. Y no obstante estas aclaraciones, soy consciente de que los señalamientos realizados generaron la apariencia de algo indebido, algo que, en realidad, no ocurrió.”

Así que ¿a buen entendedor, pocas palabras?

La verdad, simple y llana, es que el nombramiento de Andrade se contrapone a un principio elemental: un fiscal anticorrupción debe tener total independencia para realizar su investigación. Eso es, al menos, lo que sucede en la lista de las democracias modernas donde, como dice The Economist, México aspira a estar. ¿O no?

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