Opinión

El viejo Sabato

 
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Ernesto Sabato.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba en la vejez y como una ráfaga vino al laberinto de su mente Ernesto Sabato, y su más reciente libro: España en los diarios de mi vejez (Seix Barral, 2004). Gil arroja a esta página del fondo estas luciérnagas en la oscuridad (lo que se llama inspiración) de la obra de Sabato. Sube el telón:

En este tiempo final comprendo que todo lo que atesoramos como conocimientos, como recuerdos, nos abandona. Se desprende y va quedando el paso del tiempo pero no los hechos pasados. La vejez no es el tiempo de la memoria, sino de la constatación del olvido, de la finitud, lo que ya no vuelve, lo que ya se fue. De lo que fue y ya no vuelve. También la memoria va viviendo esa muerte. El olvido es esa conciencia de haber perdido buena parte de lo que creímos lo más propio.

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Creo que me olvido más bien de las cosas y los detalles, no de los sentimientos, nunca de las cicatrices de la vida. Mientras se es joven uno cree que controla vida. Los viejos aprendemos a desprendernos, a no seguir acumulando en la memoria, atesorando como una posesión incomparable e irreductible. Recordar es como tener, y cuando uno se va haciendo tan viejo va perdiendo, caen los recuerdos como las hojas de un árbol.

Mientras recordamos tenemos ese timón, pero el olvido nos deja a merced de las aguas, de los vientos, de la vida. Todos en la vejez terminamos siendo pobres. En la vejez se siente más, se agradece más, mucho más.

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He sido siempre de un carácter terrible, violento, propenso al enojo, a la furia. En cambio en la vejez me voy serenando. Tengo que escribir algo sobre el carácter de los artistas.

Me he quedado mirando mi biblioteca. ¡Cuántos libros he leído que no voy a volver a abrir! Es triste.

Miro a esos escritores que fueron verdaderos compañeros de camino. Todos los libros como si por tocarlos me fueran a escuchar. Hace años que no puedo leer, ya he olvidado todo aquello que había aprendido; y lo que es más fuerte aún, ya no tengo aquella ansia por conocer. Sin embargo sigo gozando cuando me leen.

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Dura y enigmática, la oscuridad de la noche ha caído sobre el jardín. Desde la ventana de mi estudio ya no se distinguen las plantas ni los árboles. Sólo este rostro envejecido y cansado, ahora sin lentes, reflejado sobre el vidrio, a contraluz.

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En la vejez, al no estar ya orientada la vida por uno hacia las metas de nuestro propio proyecto es como si se liberase de uno mismo y pudiera andar más a sus anchas. Qué extraño es esto.

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Pocas cosas me interesan de verdad, cada vez menos. Disfruto de un café, de un vaso de vino o de un paseo, según quien esté conmigo. Ya no busco temas o discusiones.

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Antes yo tenía una sensualidad introvertida, casi de pura imaginación, en cambio en estos tiempos paso ratos mirando las plantas, o a la gata, o a cualquier bichito que asoma en mi escritorio.

Estoy alejándome de esta vida. La miro con emoción como si ya estuviera fuera de mí.

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Anoche fuimos a casa de Joaquín Sabina. Aunque recién nos conocemos, creo no equivocarme al afirmar que él habría sido uno más entre las tertulias de nuestros viejos compositores de tango.

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En medio del miedo y la depresión que prevalece en este tiempo, irán surgiendo, por debajo, imperceptiblemente, atisbos de otra manera de vivir que busque, en medio del abismo, la recuperación de una humanidad que se siente desfallecer.

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Sí. Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los gilgameses del mundo acercan las bandejas con Glenfiddich 15. Gamés pone en la mesa una máxima de Sabato: “recuerden que las dos palabras mágicas con las que termino estas páginas eran las palabras piedad y coraje”.


Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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