Opinión

El vengador anónimo regresa

El justiciero o el regreso del vengador anónimo. Basándose en la serie original televisiva que estuvo al aire entre 1985 y 1989, creada por Richard Lindheim y Michael Sloan, el film El justiciero (2014, Antoine Fuqua), ahora escrito por Richard Wenk, es una oda a la justicia que se aplica por mano propia. El Robert McCall original que interpretó Edward Woodward buscaba igualar el marcador entre la justicia y los criminales, sobre todo los que se escapaban burlando la ley. Este “igualador”, nombre al que alude el título original, era un entrenado espía convertido por obra y gracia de diversas circunstancias en eficaz justiciero. En el film, Robert McCall, interpretado por Denzel Washington, es un insomne espía jubilado que parece no encontrar lugar en el mundo más cómodo que el almacén donde trabaja apoyando al obeso aspirante a guardia Ralphie (Johnny Skourtis) en sus ejercicios para ser héroe del momento. Inopinadamente desatada su hiperviolencia, El justiciero pone al día el concepto de las cinco entregas de El vengador anónimo (1974, 1982 y 1985 Michael Winner; 1987, J. Lee Thompson; y 1994, Allan A. Goldstein) que creara el novelista Brian Garfield, nada más que al arquitecto Kersey (Charles Bronson) obligado a cobrar justicia en esta serie, es ahora un retirado McCall con recursos suficientes para enfilar su gélida furia hacia toda una poderosa mafia a la que destruye (“¿qué quieres?” “Paz” “Eso cuesta muy caro”).

El justiciero o el héroe novelesco. Diversas circunstancias llevan a McCall, ávido lector, a considerarse un quijotesco personaje que ante las injusticias que atestigua, actúa con toda violencia sin medir consecuencias, aunque se sienta un anacronismo (“de qué trata tu libro”, “trata sobre un caballero en armadura, excepto que vive en un mundo donde los caballeros ya no existen”). Ataca por igual a la corrupta policía de Boston, como a los duros mafiosos rusos que son el poder tras el trono. Todo esto se intensifica con la aparición del sociópata Teddy (Marton Csokas), quien se encarga de sembrar un terror mayúsculo. McCall, sin embargo, mantiene un perfil bajo y apenas se intuye su tragedia, su soledad y su vocación por la justicia personal. En el fondo es un personaje alimentado por lo literario. Primero se identifica con el personaje de Hemingway de El viejo y el mar: alguien que comienza una pesca en el proceloso mar del crimen cotidiano sin saber qué va a lograr. Al final, a diferencia de su modelo novelístico, sigue su naturaleza y su pesca es más que fructífera. Ante el éxito, su siguiente paso es simplemente convertirse en El hombre invisible de Ralph Ellison.

El justiciero o el thriller insomne. Film perpetuamente visto entre sombras nocturnas, su concepto de acción consiste en que todo estalle en la noche más intensa. La abundancia de sus acciones sólo sirven para justificar el insomnio permanente. Por eso Fuqua erige una atmósfera cotidiana meticulosamente captada por el virtuoso fotógrafo Mauro Fiore sin recurrir a efectos de luz ni modificaciones digitales, tan sólo dando un equivalente noir estilo Edward Hopper. En consecuencia, el film se plantea como la rutina de un insomne con demonios internos sin explicación alguna. Así, el thriller insomne se desenvuelve en una noche de insondable peligrosidad al límite. El thriller insomne debe mostrar la interioridad de la quijotesca realidad de McCall (“cuando a alguien a quien apenas conoces le sucede algo terrible, decides que puedes actuar... simplemente porque puedes”).

A la caza de esos peces que lo arrastran a su inexorable destino de aplicar todos los recursos a su alcance para provocar la muerte, McCall siempre da una última oportunidad que la lógica criminal no respeta. De esta forma el thriller insomne debe aprender el principio de la tranquilidad que yace en aplicar la justicia a su manera. Un vengador anónimo con capacidad para alquilarse al mejor postor y poder igualar los marcadores. El vengador de un thriller insomne que hace una lectura en tres niveles: primero, de sus libros convertidos en ideología para su particular concepto de justicia; segundo, de sus acciones cotidianas donde la paz laboral diurna se opone ante los crímenes que resuelve a contrapelo de una policía cada vez más corrupta; y tercero, de su noción sobre sus habilidades que no deben desperdiciarse en la ciudad donde el crimen domina cada esfera cotidiana. Por ello le resulta fundamental actuar con herramientas caseras, casi por accidente, porque en eso ha quedado la justicia: un glorioso accidente que el justiciero provoca.

El viejo McCall hemingwayano pesca al pez. No lo suelta. Y se convierte en un hombre invisible, vital, para la insomne noche eterna de la ciudad podrida hasta las raíces.