Opinión

El valor de ser madre
en México

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Madre y bebé

Carla Pederzini Villarreal

Desde las últimas décadas del siglo pasado, los años de escolaridad de la población mexicana han venido aumentando rápidamente. Al mismo tiempo, se han reducido e incluso revertido las diferencias en la participación escolar de hombres y mujeres jóvenes.

El promedio de años de escolaridad de mujeres mayores de 15 años pasó de 3.2 en 1970 a 8 en 2010. Aún más, en la actualidad hasta los 14 años las niñas muestran una mayor tasa de asistencia escolar, una menor tendencia a rezagarse en la escuela y el porcentaje de las que no saben leer y escribir es menor de lo que se observa entre los hombres.

De manera paralela, desde finales de la década de los sesenta en México se ha venido presentando un descenso pronunciado e ininterrumpido de la fecundidad. De 1970 a 2010, el número de hijos por mujer se redujo de 6.5 a 2.4. El mayor cambio en este indicador se presentó en las décadas de los setentas y ochentas, puesto que para 1990, la tasa global de fecundidad ya se ubicaba en 3.4 hijos.

Una de las características que distingue el patrón de descenso de la fecundidad en nuestro país es que la edad al nacimiento del primer hijo sólo se ha incrementado levemente. Esto significa que las mujeres jóvenes siguen teniendo su primer hijo a la misma edad que sus madres.

Lo más común es que las mujeres mexicanas comiencen a utilizar métodos anticonceptivos después de que nacieron sus hijos y no antes del primer hijo. De aquí que los mayores cambios en las tasas de fecundidad se observen en las mujeres mayores de 30 años. En cambio, las tasas de fecundidad de las mujeres más jóvenes e incluso de las mujeres adolescentes que se ubican en el grupo de edad de 15 a 19 años se han reducido en mucha menor medida.

Resulta particularmente interesante que, a pesar de que la permanencia en la escuela se ha prolongado y que las diferencias entre hombres y mujeres en relación a la participación escolar se han reducido, el inicio de la maternidad no se ha retrasado en las generaciones más jóvenes.

El embarazo adolescente, considerado un problema porque los jóvenes implicados tienen una alta probabilidad de truncar su escolaridad, limitando sus posibilidades en el mercado laboral, es uno de los fenómenos que explica la fecundidad temprana. La información y el acceso a métodos anticonceptivos, sin duda puede ayudar a reducir el embarazo adolescente. Pero no es suficiente.

Hay que tomar en cuenta que, de acuerdo a diversos estudios cualitativos que se han llevado a cabo en nuestro país, muchas jóvenes, sobre todo aquellas provenientes de las capas más pobres de nuestra sociedad, expresan su deseo de tener un hijo antes de llegar a la adultez. Las principales razones que mencionan se relacionan con las pocas alternativas de desarrollo personal que se les presentan y con que sólo se sienten valoradas cuando se convierten en esposas o madres. De aquí que muchas mujeres adolescentes de los estratos más desfavorecidos no consideren un problema tener un embarazo a edad temprana.

A finales de enero pasado, el Presidente Peña Nieto lanzó la Estrategia Nacional de Prevención del Embarazo en Adolescentes. En la misma se contemplan diversas acciones que seguramente ayudarán a reducir el embarazo en esta etapa de la vida. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que las mujeres necesitan vislumbrar un futuro laboral promisorio y un papel en la sociedad en el que sean respetadas y valoradas, más allá de su función como madres.

Mientras que la sociedad no ofrezca opciones de desarrollo personal atractivas para la población femenina joven y los roles de género prevalecientes en el medio social en el que se desarrollan no se flexibilicen, ser madre a temprana edad seguirá siendo la opción privilegiada para las jóvenes en algunos sectores de nuestra sociedad.

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