Opinión

El vacío

 
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yves klein

Cuando regresé de Inglaterra, hace 20 años, fui a la biblioteca de la UNAM a buscar un libro sobre el artista francés Yves Klein, y no encontré ninguno. Esta anécdota fue lo que me impulsó a crear una biblioteca cuando emprendimos la construcción de la colección Jumex.

Actualmente se presenta en el MUAC la primera retrospectiva en América Latina de este artista, uno de los prinicipales referentes del arte del siglo XX.

Yves Klein (Niza, 1928–París, 1962) siempre creyó en el potencial del arte para cambiar la manera en la que uno percibe el mundo. Hijo de artistas, estuvo siempre rodeado de arte y del contexto en el que era creado, y del ambiente que éste creaba. Klein fue quizás pionero en tratar de unificar arte y vida, y ordenó su obra alrededor de una intuición fundamental: que nos encontrábamos ante un nuevo mundo que exigía a un nuevo ser humano, con una sensibilidad, una emoción y una percepción renovadas.

Klein se entregó a la búsqueda de una expresión absoluta, un lenguaje interno que recuperaba algo primitivo y mágico de la esencia humana, pero que al mismo tiempo se proyectaba al futuro con un grado más elevado de visión, percepción y entendimiento.

Las propuestas monocromáticas desmantelaban el plano pictórico y con ellas el artista buscaba recoger la energía difusa que perciben nuestros sentidos para recomponerla, a través de los colores, en un espacio. Para Klein, el color azul ultramarino representaba la revelación, la base plástica de intuiciones por formular, de grandes emociones, y una dimensión inmaterial, como el firmamento; la trilogía de los colores azul, rosa y oro, representaba la expresión alquímica del fuego y de la síntesis del universo.

Para él, cada cuadro debía irradiar una una intensidad que sensiblizara y modificara al espectador. Klein, quien utilizaba materiales industriales, estaba interesado en la forma en que el calor, el agua y el clima interactúan con el color, y en este sentido los ensayos de Gaston Bachelard, el sicoanálisis del fuego, del agua, del aire y de la tierra, fueron una influencia clave en él y para el desvanecimiento que quería alcanzar. A la inaugración de la famosa exhibición Vacío, en 1958, asistieron dos mil personas a ver las paredes desnudas de la Galería Iris Clert, en París.

Lo monocromático y lo inmaterial que su obra introduce crearon un dinamismo poético y conceptual que devino en movimientos artísticos como el performance, el pop y el minimalismo, e influyó a otras disciplinas como la arquitectura, el urbanismo o la antropología cultural.

Klein fue también un judoca destacado, obtuvo el grado de cinturón negro, cuarto dan. La discisplina, el control de sí mismo y la capacidad de concentración inherentes al judo también se reflejaron en la búsqueda de una energía fundamental, que caracteriza su obra. Klein escribió: “El espacio puro me parpadeaba con regularidad, de forma cada vez más fuerte, y me atrajo tan poderosamente que pinté unas superficies monocromáticas sólo para ‘ver’, para ‘ver’ con mis propios ojos lo que me otorgaba la sensibilidad existencial: ¡la libertad absoluta!”.

Klein era un gran utopista; creía profundamente en una sociedad mejor, donde nos veríamos liberados de una intimidad personal, y donde el arte y el poder de nuestra voluntad crearían un mundo radicalmente maravilloso, proyecto que por lo menos por un tiempo, hemos tenido que postergar.

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