Opinión

El último 'round'

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Pemex

Hoy se cumplen 77 años de que Lázaro Cárdenas decidió expropiar la industria petrolera. Se trató de un acto fundacional que consolidó el régimen político que él mismo construyó. Estoy convencido que se trató de un acto planeado con varios años de anticipación, esperando una coyuntura favorable, que ocurrió en esos días, y que me parece demuestra la gran visión de Cárdenas. Años después, sería inspiración en la lucha por el control de los recursos que acompañó a las guerras de liberación nacional en todo el mundo.

Era el momento en que las economías colectivizadas y dirigidas por el Estado parecían la mejor alternativa para los países emergentes. En esa lógica, la expropiación era brillante. Desafortunadamente, como ocurrió con todas las economías que se construyeron en esa dirección, fue un fracaso económico. Como sabemos, todos los países que intentaron esa ruta tuvieron desempeños económicos inferiores en las siguientes décadas (a lo que habían tenido antes y a lo que países que intentaron otra ruta lograron en los mismos años).

El fracaso se hizo evidente apenas 30 años después, y el intento de ocultarlo amplió el costo. En América Latina nos endeudamos, y por eso sufrimos tanto en la década de los ochenta; en los países comunistas los esfuerzos por no reconocer el fracaso los llevaron a la bancarrota (y posterior desaparición) en esa misma década. Las naciones que apenas empezaban, en África, sufrieron aún más.

En el siglo XX se volvió a experimentar con una economía cerrada y controlada por el gobierno, repitiendo algo que en los siglos XVII y XVIII había sido moderadamente exitoso, el mercantilismo. Se le agregaron dos novedades: la creencia en la planeación (derivada del optimismo progresista del siglo XIX) y en la propiedad colectiva de los “medios de producción”. Prácticamente todos los países tuvieron alguna incursión en este experimento, aunque algunos nos involucramos más. Pero el experimento no tuvo éxito. No hubo ningún país que, siguiendo ese camino, se hiciese rico. Para mediados de los años sesenta, era claro el fracaso. No aceptarlo, le decía, incrementó los costos que se pagaron un par de décadas después.

En México, en 1982, no había duda del fracaso de la Revolución, pero tardamos tanto en empezar a cambiar las cosas que las certezas se fueron borrando, y aparecieron las narrativas de la traición. Por eso la lucha de legitimidades a la que me refería ayer. Participan en ella dos grupos provenientes del nacionalismo revolucionario: los que ofrecen regresar hasta Cárdenas y su socialismo mexicano y los que sólo quieren regresar al estatismo de los años setenta. Del otro lado, hay sólo un grupo grande, el que conformó el Pacto por México. No quiero decir que este grupo realmente abarque 80 u 85 por ciento del espacio político, porque no fueron pocos los que votaron con el Pacto por disciplina partidista, o a cambio de alguna concesión, como la reforma fiscal, pero el grupo sí logró convertirse en el núcleo de ese gran acuerdo.

Por eso usted ve tanta crítica en contra del Pacto y de las reformas, así como descalificaciones abundantes del gobierno y específicamente de Peña Nieto. Si el proceso en que estamos se consolida, se trataría de la derrota definitiva de quienes marcaron el siglo XX de México. Regresar les tomará generaciones, si acaso ocurre. Para impedirlo, intentan agrupar a los damnificados de las reformas, desde empresarios (medianos, grandes e inmensos) hasta el viejo corporativismo de maestros y petroleros. Es el último round y necesitan nocaut.

Twitter: @macariomx

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