Opinión

El último de 'Los Tres Caballeros'

Sorprendente, por el momento en que se dio, fue la captura de Héctor Beltrán Leyva, el último de los hermanos que encabezaba el violento cártel de las drogas, paradigmático en la lucha contra el narcotráfico el sexenio pasado, uno de los más sanguinarios, y el responsable de detonar la guerra de todos contra todos en 2008. Una operación de inteligencia del Ejército con el apoyo de información de la DEA, que no había dejado de perseguirlo, culminó al ser detenido mientras comía en uno de los mejores restaurantes del colonial San Miguel de Allende. Con esto no muere la organización criminal, que tendrá nuevos jefes, pero acaba con una época donde Beltrán Leyva, apodado El Ingeniero, construyó una importante red de corrupción en cuando menos 10 estados.

Héctor era el circunspecto de la familia; Arturo, abatido por la Marina en diciembre de 2009, el más violento; Carlos, el tercero en la línea hereditaria, fue capturado en 2010; Alfredo, El Mochomo, el más joven, detenido en 2008, fue el pretexto para que su hermano Arturo declarara la guerra a sus compadres Joaquín El Chapo Guzmán e Ismael El Mayo Zambada, a quienes acusó de haberlos traicionado. Los Beltrán Leyva, como la mayoría de los capos del narcotráfico, salieron del municipio de Badiraguato, en Sinaloa, de la mano de Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, y cuando en 1997 fue asesinado por sus lugartenientes, se realinearon con Guzmán.

A Héctor –el mayor–, Arturo y Carlos, se les conocía como Los Tres Caballeros, y el Cártel de Sinaloa les encargó que pelearan contra el Cártel de Tijuana la plaza de Sonora, que controlaron a partir de 2008. Sonora nunca dejó de estar fuera de su dominio, que se extendió y fortaleció durante el gobierno de Eduardo Bours (2003-2009), con el apoyo de personas muy vinculadas al entonces gobernador y de los jefes de la Policía Estatal. Desde esa entidad, los Beltrán Leyva ampliaron sus operaciones de siembra de mariguana al llamado Cuadrilátero del Diablo, en la región alta de la Sierra Madre Occidental, que abarca parte de Chihuahua, Durango, Sinaloa y Sonora.

Héctor, el más sofisticado de todos, fue quien tejió las redes de corrupción institucional, donde tocó no sólo a los políticos, sino a los empresarios. No era algo inusual que se le viera en eventos sociales en Hermosillo con la burguesía local, o que organizara fiestas donde algunos de los conjuntos norteños más afamados de esa región le cantaban corridos a su familia. Sonora era su santuario, de donde salió hacia la zona metropolitana de Monterrey, donde Héctor se convirtió en el jefe de la plaza y estableció relación –aparentemente indirecta– con el exalcalde de San Pedro, Mauricio Fernández, para que sus sicarios proveyeran la paz social en ese municipio, el de mayor ingreso per cápita en el país. Arturo se fue a vivir a Cuernavaca, donde recibió la protección de altos funcionarios del gobierno de Marco Adame (2006-2012).

Con la presencia de Arturo en el centro y sur del país, los Beltrán Leyva extendieron sus dominios a Guerrero, Morelos y el Distrito Federal, donde incluyeron en su tramo de responsabilidad el control de los precursores químicos de las metanfetaminas –que era patrimonio casi exclusivo del Cártel de Sinaloa y de su afiliado Cártel del Milenio–, que llegaban al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México procedente de Alemania. En nombre de sus compadres de Sinaloa, pelearon contra Los Zetas en Nuevo Laredo, Acapulco, Cancún, la zona metropolitana de Monterrey, Veracruz y Boca del Río, las principales ciudades en Michoacán, y los expulsaron de Magdalena de Kino, Agua Prieta y Cananea en Sonora. Esos enemigos de muerte se convirtieron en aliados en diciembre de 2007, cuando Arturo Beltrán Leyva se reunió en Cuernavaca con Heriberto Lazcano, en ese entonces jefe zeta, para forjar una alianza contra sus viejos socios sinaloenses.

La captura de El Mochomo le dio la excusa para formalizar el rompimiento con el Cártel de Sinaloa y La Federación, una organización paraguas bajo su egida, que incluía a los cárteles del Milenio y de Juárez. La guerra produjo las peores matanzas en la historia de la lucha contra el narcotráfico, y un realineamiento de los cárteles en México. Nunca ha cesado esa confrontación, aunque la guerra cambió la dialéctica de los cárteles. Prácticamente todos los viejos capos murieron o están en la cárcel, y los sobrevivientes optaron por una estrategia de menor enfrentamiento. Las viejas estructuras criminales se transformaron en organizaciones menos centralizadas, que alimentaron el surgimiento de bandas que se mueven entre los delitos federales y del fuero común.

Esa reestructuración en muchos de los cárteles, pegó a los Beltrán Leyva, que vieron desdoblamientos de su organización en dos grupos, Los Rojos y Guerreros Unidos, que operan en Guerrero, Morelos y el sur del Estado de México. Frente a la fortaleza del Cártel de Sinaloa, renombrado del Pacífico, y la diversificación de la empresa criminal de sus aliados Los Zetas, la organización que manejaba Héctor Beltrán Leyva estaba muy debilitada, convertida en remedo de lo que fue hace ocho años, y sin el empuje de hace casi dos décadas cuando Los Tres Caballeros iniciaron ese camino a la cima que los llevó a la muerte o a la cárcel. La captura del último de ellos cerrará un capítulo más en la historia del narcotráfico en México.

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