Opinión

El “Trumpismo”
y el comercio

 
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Krugman.

Neil Irwin, un corresponsal de economía de The New York Times, escribió recientemente un buen artículo para pensar sobre el “Trumpismo” y el déficit comercial de Estados Unidos (léalo aquí: nyti.ms/1RHDIk4). Sin embargo, se puede decir que el artículo padece un poco de ser una discusión sobre los efectos de los déficits comerciales en tiempos normales. Y no estamos en tiempos normales.

En tiempos normales, la contraparte de un déficit comercial son las entradas de capital, las cuales reducen las tasas de interés, y no hay ningún motivo para creer que los déficits comerciales reduzcan el empleo, incluso cuando efectivamente lo redistribuyen. Pero seguimos viviendo en un mundo inundado de exceso de ahorros y demanda inadecuada, donde las tasas de interés no pueden caer mucho más porque ya están cerca de cero. Esto es, estamos en una trampa de liquidez. Y en ese tipo de mundo, es cierto que los déficits comerciales efectivamente cuestan puestos de trabajo y que básicamente las entradas de capital no conllevan ningún beneficio; ya tenemos más ahorros deseados de los que podemos invertir.

Un indicador de cómo difieren las reglas bajo estas circunstancias: ¿Se acuerdan de todas esas mortificaciones por la dependencia de Estados Unidos del financiamiento chino, y por la forma en que las tasas de interés en Estados Unidos iban a aumentar si China repentinamente dejaba de comprar nuestros bonos? Bueno, los chinos han dejado de comprar nuestros bonos y han empezado a venderlos. Pero las tasas de interés en Estados Unidos siguen siendo muy, muy bajas; todavía en menos de 2.0 por ciento para los bonos a diez años.

No estoy diciendo que Donald Trump tenga idea alguna de lo que habla con respecto a los déficits comerciales; no la tiene. Pero estamos viviendo en un mundo donde, por el momento -y quizás durante mucho tiempo, si los teóricos del estancamiento secular están en lo cierto-, el mercantilismo tiene un poco de sentido.

PERSPECTIVAS REALISTAS DE CRECIMIENTO
No puedo esperar a que las primarias presidenciales se terminen, de una forma u otra. Pero me parece que debería hablar un poco sobre lo que puede decir razonablemente un progresista respecto a las perspectivas de crecimiento económico en Estados Unidos con un mejor régimen estratégico.

Yo sostendría que hay tres métricas relevantes. Primero, está la tasa de crecimiento del potencial ofertista de la economía; el ritmo al que puede crecer con una tasa constante de desempleo. En segundo lugar, está la magnitud de la brecha de producción; la cantidad de producción extra que podríamos conseguir llegando al empleo pleno. En tercer lugar, está el grado al cual podemos acelerar la tasa de crecimiento potencial.

Respecto a la primera métrica, durante los últimos cinco años el crecimiento económico en Estados Unidos ha fluctuado alrededor de 2.0 por ciento, mientras que el desempleo ha caído gradualmente. Esto sugiere fuertemente una tasa de crecimiento potencial de menos de 2.0 por ciento. ¿Por qué tan baja? La productividad se ha aletargado, y la población en edad de trabajar está creciendo mucho más lentamente de lo que solía hacerlo a medida que los baby boomers llegan a la edad de la jubilación.

¿Qué hay con respecto a la brecha de producción? El crecimiento de los salarios sigue siendo débil y la inflación bastante baja, lo que sugiere que el desempleo puede caer significativamente desde este punto; tal vez a 4.0 por ciento, o incluso menos. La relación estándar de la Ley de Okun diría que hacer caer la tasa de desempleo otro punto porcentual sumaría 2.0 por ciento al Producto Interno Bruto real. Tal vez podríamos plantear la existencia de una gran reserva de trabajadores descorazonados que lo lleve a 3.0 por ciento. Es muchísima producción perdida en términos absolutos.

Sin embargo, no marca una diferencia enorme cuando hablamos de las perspectivas de crecimiento de más largo plazo. Cerrar una brecha de producción de tres puntos en diez años eleva la tasa de crecimiento a diez años en tan sólo 0.3 por ciento. Y 2016 no es como 1933, cuando la brecha de producción probablemente era de alrededor de 30 por ciento, haciendo posible una enorme tasa de crecimiento en la siguiente década cuando la movilización de los tiempos de guerra finalmente produjera casi el pleno empleo, y aún más.

Finalmente, ¿qué tanto podemos proyectar razonablemente un incremento en el crecimiento potencial? Un aumento importante en la inversión en infraestructura ciertamente ayudaría. Otras prioridades progresistas serían variadas, en el mejor de los casos, en términos de su efecto sobre el PIB medido. Por ejemplo, los programas de jardín de infantes y guardería infantil garantizados podrían liberar a más padres para que permanezcan en la fuerza de trabajo pagada; por otro lado, mejores beneficios liberarían (deberían liberar) a algunos padres para que recorten sus horas de trabajo y se enfoquen en sus familias.

Y nadie sabe el secreto para elevar el crecimiento de la productividad.

En general, cualquier economista que hable de crecimiento potencial debería empezar desde una postura de modestia: nada de lo que sabemos o hemos experimentado en el pasado justifica hacer grandes promesas. Claro que deberíamos probar todo lo que se nos ocurra, pero nuestras políticas deberían tener sentido incluso si resulta que los efectos sobre el crecimiento a largo plazo son modestos.

Lo que yo diría es que es poco razonable asumir un crecimiento durante los próximos diez años de más de una fracción de un punto porcentual por arriba de 2.0 por ciento; digamos 2.5 por ciento en el extremo superior. Tal vez nos vaya mejor, pero no deberíamos contar con eso.

Permítanme decir que lo bueno de una agenda progresista es que no requiere de grandes promesas de crecimiento para que funcione, porque los elementos de dicha agenda son cosas buenas por derecho propio.

Twitter: @NYTimeskrugman

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