Opinión

El tren energético ya partió… sin México

10 febrero 2014 4:16 Última actualización 18 octubre 2013 5:2

 
Sergio Negrete Cárdenas
Estados Unidos acaba de sobrepasar a Arabia Saudita como productor de hidrocarburos, convirtiéndose en el líder global. La tecnología de fracturación hidráulica (fracking) le ha permitido lograr el aumento en producción más notable a nivel mundial en cuatro décadas. Con respecto a la producción de crudo, el vecino al norte se encuentra en tercer lugar global, por detrás sólo de Arabia y Rusia. Desde hace pocas semanas el principal importador de petróleo y sus derivados dejó de llamarse Estados Unidos y ahora es China.
 
Mientras tanto, en el Senado mexicano han tenido lugar una serie de foros para discutir la propuesta de reforma energética que el presidente Peña presentó hace más de dos meses. Expertos y políticos han intercambiado igual argumentos técnicos que insultos (con el senador Manuel Bartlett desplegando un singular nivel de pobreza intelectual) mientras que la producción estadounidense y de muchos otros países sigue subiendo imparable. El que haya debates sobre si se puede tocar el Artículo 27 constitucional con el pétalo de una rosa parece, dado el contexto global, tan relevante como argumentar sobre el sexo de los ángeles.
 
Simplemente, es demasiado tarde. La última reforma, en 2008, fue tan tímida que es difícil apuntar qué cambió. Quizá el símbolo más visible de su inutilidad sea la inacabada (o, más bien, inacabable) construcción de la Refinería Bicentenario. Por supuesto, el gobierno puede aducir que en realidad la intención es inaugurarla en el bicentenario de la independencia de México, esto es, en 2021. Pero lo más relevante de la reforma de 2008 es el estancamiento en la producción petrolera que se registra desde 2009, a pesar de miles de millones de dólares en inversiones con recursos públicos.
 
Quizá una reforma de envergadura hace cinco años estaría haciendo diferencia hoy, con Pemex teniendo, vía asociaciones con otras empresas petroleras, la tecnología para perforar en aguas profundas y por medio de fracturación hidráulica. Si la reforma ahora propuesta realmente atrae el interés, recursos y tecnología que tanto hacen falta es incierto, pero aunque así ocurra los resultados tardarán años en manifestarse. De acuerdo con declaraciones recientes del director de Finanzas de Pemex, nada menos que una década. El detalle es que para 2024, gracias al fracking, igual y ya no hay muchos mercados para exportar crudo.
 
¿Ello significa que debe abandonarse todo intento de reforma en materia energética? Evidentemente no, pero es imperativo que aquello que se apruebe (sea lo que sea) venga acompañado con una fuerte dosis de realismo. Aún con modificación constitucional, el atractivo de invertir con Pemex puede distar de ser espectacular. Aunque lo sea, tomará años ver frutos en materia de producción. Así y esa producción llegue, es probable que los mercados que antes la habrían recibido sean ya autosuficientes (destacadamente, por supuesto, Estados Unidos). Y aunque hubiera mercados, la abundancia de oferta exportable por parte de muchos otros países puede haber llevado a precios muy inferiores a los actuales.
 
El problema, por ello, es mucho más grave, puesto que supera al ámbito energético. Con las finanzas públicas dependientes de ingresos petroleros, un gobierno con visión y prudencia se estaría preparando para lo peor: un colapso de la llamada renta petrolera. En cambio, para 2014 y más allá el gobierno propone aumentar gasto y déficit públicos.
 
En el tren energético, México no está siquiera en el último vagón, sino en la estación contemplando alelado al convoy que partió después de una larga espera que el país no aprovechó para subir.